Publicado el Deja un comentario

¿Y por casa cómo andamos?

Portada

En esta tercera semana de Adviento, la liturgia nos invita a recordar la figura de María que se prepara para ser la Madre de Jesús y que, además, está dispuesta a ayudar y servir a quien la necesita. El testimonio que María, la Madre del Señor, nos brinda, sirviendo y ayudando a su prima, nos puede servir de GPS para analizar, en este fin de año, cómo está nuestro servicio a “los nuestros”.

A veces pasamos demasiado tiempo ayudando, consolando, bendiciendo a mil personas de afuera, pero en nuestra casa tenemos a nuestra madre enferma y sola, o a nuestra/o hermana/o deprimida/o o en alguna crisis particular… y les somos indiferentes. Y más aún, los tratamos en muchos casos como si fueran nuestros enemigos. Qué curioso que el hogar, el lugar donde más amados somos, donde somos aceptados como somos, donde son cubiertas nuestras debilidades y podemos encontrar provisión afectiva y emocional permanente… sea el lugar donde más nos quejamos, donde más odiosos y menos amables somos. Es que la demasiada familiaridad genera menosprecio.

Sin embargo, Dios no opina así. Él quiere que nos preocupemos y nos ocupemos de los nuestros antes que de cualquier otra persona. San Pablo exhorta: Quien no se preocupa de los suyos, especialmente de los de su propia casa, ha renegado de la fe y es peor que el que no cree (1Tim 5, 8).

La gran herramienta del diablo para destruir las familias es empezar logrando que dejen de ocuparse los unos de los otros. Y uno de sus principales recursos es la ambición económica que hace que los padres trabajen doce horas por día y terminen sacrificando lo IMPORTANTE en el altar de lo URGENTE. Y así se va poniendo en un lugar secundario lo que debe ser siempre principal: el diálogo profundo, el pasar calidad de tiempo con los nuestros, el disfrutar el ocio en familia, solo por el gozo de estar con quienes son nuestro hogar.

Hace poco suspendí un evento de predicación porque el organizador estaba mal con su esposa y llevar a cabo ese evento le iba a consumir mucho tiempo fuera de su casa. Sus ojos se llenaron de lágrimas cuando le pedí por favor que lo suspendamos al evento, porque ¿de qué le vale al hombre ganar 10.000 almas para Cristo si se destruye un matrimonio? ¿Cómo hago yo para rendirle cuentas a Dios por eso después?

A veces queremos ser misioneros en África, pero no somos capaces de limpiar el baño de casa. El primer apostolado son los nuestros, las primeras ovejas por las que nos pedirá cuenta Dios será por las de mi hogar. Es que la caridad siempre, siempre, siempre empieza por casa.

Cuando el carcelero de la cárcel de Filipo les preguntó a Pablo y a Silas ¿Qué debo hacer para salvarme? Ellos le respondieron: Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y toda tu familia (Hch 16, 31). Dicho de otro modo, parafraseado: “No seas egoísta, no preguntes por tu salvación, Dios quiere salvarte con tu familia, no solitariamente. Y la manera de hacerlo es que creas en Jesús”.

¡Qué egoístas que podemos ser los cristianos! Pienso como lo hacían muchas veces nuestros antepasados con frases lapidarias tan horribles como: “SALVA TU ALMA”. Nada más alejado de lo que Jesús vino a enseñarnos. ¿De qué le sirve al hombre salvar su alma si los suyos se pierden?

Quizás el gran mensaje de María para esta tercera semana de Adviento es este, justamente: que no debemos replegarnos en nosotros mismos cuando hay tanta gente, empezando por los nuestros, que nos necesitan para que marquemos una diferencia en sus vidas.

Sebastián Escudero

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *