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María, José y una escucha atenta

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En este Adviento vamos caminando con María y José hacia Belén. En este camino, que no fue sencillo, tuvieron que enfrentarse con muchos problemas, pero con la confianza de saber que Dios los acompañaba.

El embarazo de María fue madurando en su corazón oyente y creyente, junto al acompañamiento de José. ¡Qué difícil habrá sido para ambos ese momento en el que María supo de su embarazo sin que hubieran estado juntos! ¿Qué maternidad y paternidad les pedía Dios a ambos? La novedad que les propuso Dios les exigió redescubrir un designio insospechado.

Desde lo humano, José amaba profundamente a María y por eso creyó en ella y se atrevió a dar un salto mortal de confianza en lo que ella le decía, afirmando la maternidad de María y, al mismo tiempo, descubriendo y valorando la novedad de su paternidad adoptiva.

Qué valioso es saber que Dios nos acompaña en nuestro camino, aunque muchas veces no veamos claro. Confiemos, Él no nos abandona y nos ama incondicionalmente, en todas las circunstancias.

Sepamos que Él está presente, en nuestro trabajo, en la calle, en las reuniones, en los momentos alegres y difíciles. Abramos nuestros corazones para escucharlo, sabiendo que a veces se expresa como un Dios escondido, como un susurro o una brisa suave, o una conversación con un compañero de trabajo, o un mensaje de una red social, o quizás a través de una gran dificultad. Confiemos que siempre Él nos está hablando y conduciendo.

María y José tuvieron que descubrir la voz de Dios de una forma difícil de comprender, pero se mantuvieron unidos, sabiendo que el amor es la clave para comprenderlo tanto a Él como a nosotros mismos.

Muchas veces nos sucede que, ante las dificultades laborales o familiares, no tenemos un oído atento para percibirlo y dejarnos conducir por las novedades que nos presenta.

El sí de María y José a ser padres en esas especiales circunstancias es un faro para nuestro tiempo, llamándonos a dejar de vivir con el “piloto automático” de las rutinas diarias, adormecidos y anestesiados, más atentos a las novedades superficiales de las redes sociales que a las voces interiores.

Vivimos saturados de imágenes y estímulos permanentes que se van sustituyendo unos a otros sin detenernos a saborear la vida. Esto nos va llevando a una profunda soledad y a una pérdida de contacto con nuestro prójimo.

Vale la pena preguntarnos si es posible vivir la cercanía de Dios sin estar cerca de nuestros hermanos.

¡Cuántas veces vivimos sin coherencia nuestra fe y la relación con quienes nos rodean en nuestras familias, el trabajo, el vecindario!

San Juan nos advierte ¿cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve? (1Jn, 20).

Solo una escucha atenta a la voz de Dios nos permitirá descubrir la verdad de la vida y decidirnos a transitar los caminos que Él nos tiene preparados.

Los sí de María y José se fusionaron iluminando al mundo y se sostuvieron por la gracia de Dios en el momento del abandono, en el que eran ignorados, no recibidos y empujados a la periferia, a buscar refugio en un establo, es decir, donde no habitaba lo humano, para que allí naciera Jesús, y fuera alabado por los pastores, los humildes del pueblo. Y así comenzó a manifestarse la sabiduría de Dios que ha ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes, y se las ha revelado a los pequeños (Lc 10, 21).

Abramos nuestros corazones para escuchar los caminos que Dios nos tiene preparados, sabiendo que Él nos ama y quiere lo mejor para nosotros.

 

Carlos E. Barrio

carlosebarrio@gmail.com

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