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Evangelio del día y comentario – 9 de febrero de 2020

Mt 5, 13-16: Ustedes son la luz del mundo

5° Ordinario Miguel Febres (1910) Primera lectura: Is 58, 7-10 Romperá tu luz como la aurora Salmo responsorial: Sal 111, 4.5.6-7.8a-9 Segunda lectura: 1 Cor 2, 1-5 Les anuncié el misterio de Cristo crucificado

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Ustedes son la sal de la tierra: si la sal se vuelve sosa, ¿con qué se le devolverá su sabor? Sólo sirve para tirarla y que la pise la gente. 14Ustedes son la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad construida sobre un monte. 15No se enciende una lámpara para meterla en un cajón, sino que se pone en el candelero para que alumbre a todos en la casa. 16Brille igualmente la luz de ustedes ante los hombres, de modo que cuando ellos vean sus buenas obras, glorifiquen al Padre de ustedes que está en el cielo.

Comentario

El pasaje de Isaías es una proclamación de denuncia en contra del pueblo de Dios por su perversidad política e idolatría cultual. De hecho, la finalidad de Yahvé no es complacerse en la desgracia o en la pretendida ritualidad de su pueblo, sino en orientar la vida de la comunidad por las sendas que entretejen relaciones solidarias con los necesitados, donan hospitalidad a los empobrecidos y ofrecen posibilidades de realización a los hermanos. La auténtica vida comunitaria y culto responsable se sostienen mediante la instauración de la justicia y el derecho como actitudes y virtudes de vida.

El salmista reitera a la asamblea de Yahvé que la piedad se manifiesta a través de la generosidad con los pobres, mediante una espiritualidad lúcida que no se desalienta ante la adversidad y una justicia que mantiene el querer salvífico de Dios. En otras palabras, el carácter de Yahvé acontece cuidando de los pobres y las víctimas de la maldad y la esclavitud.

San Pablo, en la primera carta a los Corintios, expone su humanidad vulnerable como garantía de su anuncio de Cristo Crucificado, poniendo toda su confianza en el Espíritu, quien es capaz de transformar a la comunidad cristiana reivindicando sus actitudes, sentimientos y acciones desde el querer humanizador de Dios.

El relato de Mateo enfatiza que, así como los discípulos de Jesús y las emergentes pequeñas comunidades cristianas, también las comunidades culturales ecuménicas seguidoras del Maestro hoy están llamadas a ser sal de la tierra y luz del mundo, en tanto que empujan la concreción del Reino Dios, inspirando y promoviendo una espiritualidad encarnada, haciendo eco y participando de los anhelos de justicia de los pueblos y expresando un compromiso real por la concreción de la paz. El peligro, sin embargo, es configurar comunidades incapaces de responder a los desafíos del presente, insensibles a las inspiraciones del Espíritu, indiferentes a las iniciativas de promoción y liberación humana de los hombres y mujeres de buena voluntad de los pueblos y las culturas de la tierra. Sal y luz remiten a la responsabilidad histórica de la comunidad de hacer germinar conciencias y territorios alternativos divergentes del orden político y religioso establecido, así como orientando sus modos de vida y esperanza en contextos de hostilidad. ¿Son nuestras comunidades eclesiales, institucionales y misioneras resistencia pacífica, germen de esperanza y alternativas al poder opresor y al mal estructural?

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