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Evangelio del día y comentario – 8 de septiembre de 2019

Lc 14, 25-33: Quien no renuncia a todo no puede ser mi discípulo

23o Ordinario Natividad de María N. S. de la Caridad del Cobre Primera lectura: Sab 9, 13-18 ¿Quién comprende el designio de Dios? Salmo responsorial: Sal 89, 3-6. 12-14. 17 Segunda lectura: Flm 9-10.12-17 Recíbelo como hermano querido

En aquel tiempo le seguía una gran multitud a Jesús. Él se volvió y les dijo: 26Si alguien viene a mí y no me ama más que a su padre y su madre, a su mujer y sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo. 27Quien no carga con su cruz y me sigue no puede ser mi discípulo. 28Si uno de ustedes pretende construir una torre, ¿no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? 29No suceda que, habiendo echado los cimientos y no pudiendo completarla, todos los que miran se pongan a burlarse de él 30diciendo: este empezó a construir y no puede concluir. 31Si un rey va a enfrentarse en batalla contra otro, ¿no se sienta primero a deliberar si podrá resistir con diez mil al que viene a atacarlo con veinte mil? 32Si no puede, cuando el otro todavía está lejos, le envía una delegación a pedir la paz. 33Lo mismo cualquiera de ustedes: quien no renuncie a sus bienes no puede ser mi discípulo.

Comentario

Cada día, la ciencia nos sorprende con datos de los majestuosos espacios siderales y con enigmas de los microcosmos invisibles. La búsqueda de la humanidad por saber y dominar las esferas de la creación no descansa, ni su ansia por volver al paraíso para arrancarle un fruto al árbol de la vida inmortal. La ciencia absoluta y la inmortalidad asegurada condensan los anhelos más profundos del alma humana, porque cifra en ellas la felicidad total. Pero la mayoría de los mortales alimenta su día a día con anhelos más cotidianos, aunque no menos profundos, como lo deja ver el sabio de la primera lectura, cobijado con la figura del rey Salomón. El sabio de las Escrituras asegura que la vida plena consiste en vivir en conformidad con el Espíritu de Dios, es decir, en una vida recta conforme a los mandamientos divinos: vivir la santidad, pero no como algo impuesto o un cumplimiento contable, sino desde adentro. Vivir con el Espíritu de Dios es buscar con afán la comunión con Dios, meta final y total de toda vida. Él da plenitud a todos y cada uno de nuestros actos, para vivir satisfechos y realizados, como apunta hoy la psicología. Tal sería una vida feliz. ¿Garantiza la rectitud una vida feliz?

La dicha es momentánea, y se escapa continuamente. De allí que uno tenga que plantearse si la rectitud basta para conducir una vida dichosa, de realización y satisfacción en sus diversos aspectos. En esa tesitura es necesario considerar las condiciones que Jesús solicita de su discípulo. En las ingratas condiciones de cruz y de renuncia hasta a la propia vida, el discípulo de Jesús no renuncia a su vocación primordial de vida plena; sucede lo contrario. Jesús exige decidirse a vivir a plenitud, como Él mismo.

Para el discípulo, Jesús de Nazaret significa la plenitud. Él es esa sal que nos hace disfrutar de la vida y que no permite que la cruz nos aplaste; es una cruz de seguimiento, de emulación, de “asemejamiento”. Él también es garantía del amor incondicional para vivir seguros en todo momento y sobreponiéndose a las propias dudas y temores. Él alimenta cada meta nuestra y nos convierte en personas saludables, agradecidas, atentas, positivas, desinteresadas, decididas a vivir en pro de los que nos rodean. Hay que decidirnos por una vida plena, que nos haga disfrutarla como Jesús de Nazaret, hoy.

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