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Evangelio del día y comentario – 8 de diciembre de 2019

Mt 3, 1-12: Vuelvan a Dios

2o de Adviento Primera lectura: Is 11, 1-10 Juzgará con justicia Salmo responsorial: Sal 71, 1-2. 7-8. 12-13. 17 Segunda lectura: Rom 15, 4-9 Mantengamos la esperanza

En aquel tiempo se presentó Juan el Bautista en el desierto de Judea, 2 proclamando: Arrepiéntanse, que está cerca el reino de los cielos… 4 Juan llevaba un manto hecho de pelo de camello, con un cinturón de cuero en la cintura y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. 5 Acudían a él de Jerusalén, de toda Judea y de la región del Jordán, 6 y se hacían bautizar por él en el río Jordán, confesando sus pecados. 7 Al ver que muchos fariseos y saduceos acudían a que los bautizara les dijo: ¡Raza de víboras! ¿Quién les ha enseñado a escapar de la condena que llega? 8 Muestren frutos de un sincero arrepentimiento 9 y no piensen que basta con decir: Nuestro padre es Abrahán; pues yo les digo que de estas piedras puede sacar Dios hijos para Abrahán. 10El hacha ya está apoyada en la raíz del árbol: árbol que no produzca frutos buenos será cortado y arrojado al fuego. 11Yo los bautizo con agua en señal de arrepentimiento; pero detrás de mí viene uno con más autoridad que yo, y yo no soy digno de quitarle sus sandalias. Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego. 12Ya empuña la horquilla para limpiar su cosecha: reunirá el trigo en el granero, y quemará la paja en un fuego que no se apaga.

Comentario

Tomar decisiones no es asunto trivial, porque requiere de una cuidadosa preparación, incluso de parte de nuestros líderes. Quizá tengamos la idea de que reyes y gobernantes han hecho siempre su real voluntad, o sea, lo que les ha venido en gana, porque esto es lo que se habla en calles y esquinas, donde casi nunca se perciben los beneficios de aquellas decisiones ni se tienen las referencias adecuadas para juzgarlas con equilibrio; puede ser. Sin embargo, hay que considerar que esos líderes, muchas veces, no poseen ideas lúcidas respecto al bien de todos, ni tienen claro el rumbo a tomar para alcanzar las metas que dicen buscar; su falta de preparación salta a la vista cuando se trata de describir la realidad y sus causas. Pero en muchas otras ocasiones estamos ante personas pusilánimes, o de una egolatría imponente y hasta faltas de buen juicio, en las que se evidencia una notable falta de madurez personal, emocional, intelectual y relacional que debería prohibirles asumir las tareas públicas que desempeñan. Liderazgos tan endebles provocan continua incertidumbre y vacilaciones que ponen en vilo la sobrevivencia del pueblo. En una situación así es que el profeta Isaías pronuncia el anuncio que guía las lecturas del día hoy.

En aquel tiempo de gran turbulencia internacional, Isaías hablaba de la sucesión en el trono de David. El profeta anticipa el nacimiento de un rey que, a diferencia del que rige en ese momento, rebosará de las condiciones ideales para dirigir al pueblo de Dios con esmero y rectitud hasta hacerlo florecer ante las naciones. Complementariamente, ese niño por venir pondrá a la vista de todos la fidelidad de Dios a aquella palabra empeñada a la casa davídica. En su momento, los cristianos entendieron esas palabras como dichas del Mesías, el rey ideal.

El liderazgo cristiano tiene como raíz esas palabras proféticas, vislumbradas en Cristo Jesús. Su savia es el temor del Señor, que equivale a tener a Dios como soberano y juez. Cuando esto no sucede, el líder se yergue en señor absoluto y su voluntad se torna norma suprema e inapelable; esto termina por oprimir y aniquilar el espíritu de humanidad en el mismo pueblo. El liderazgo cristiano no está casado con ningún sistema político ni económico, y por lo mismo urge de cada bautizado en el Espíritu Santo ojo crítico y voz valiente, para que, al detectar la inviabilidad o sinsentido de las decisiones de quienes detentan el poder público, desnuden la incoherencia e incapacidad de promover el bien común y el derecho de todos.

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