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Evangelio del día y comentario – 7 de marzo de 2021

Jn 2, 13-25: Destruyan el templo y en tres días lo levantaré

Se acercaba la Pascua judía y Jesús subió a Jerusalén. 14Encontró en el recinto del templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los que cambiaban dinero sentados. 15Se hizo un látigo de cuerdas y expulsó a todos del templo, ovejas y bueyes; esparció las monedas de los que cambiaban dinero y volcó las mesas; 16a los que vendían palomas les dijo: Saquen eso de aquí y no conviertan la casa de mi Padre en un mercado. 17Los discípulos se acordaron de aquel texto: El celo por tu casa me devora. 18Los judíos le dijeron: ¿Qué señal nos presentas para actuar de ese modo? 19Jesús les contestó: Derriben este santuario y en tres días lo reconstruiré. 20Los judíos dijeron: Cuarenta y seis años ha llevado la construcción de este santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días? 21Pero él se refería al santuario de su cuerpo. 22Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos recordaron que había dicho eso y creyeron en la Escritura y en las palabras de Jesús. 23Estando en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en él al ver las señales que hacía. 24Pero Jesús no se confiaba de ellos porque los conocía a todos; 25no necesitaba informes de nadie, porque él sabía lo que hay en el interior del hombre.

Reflexión

La convivencia humana requiere de normas claras y prácticas, así sea entre los miembros de una familia, de un pueblo o una ciudad, o de una nación entera, que garanticen la relación pacífica entre los individuos. Las normas no caen del cielo, sino que surgen y se modelan a partir de la experiencia del diario vivir. Los humanos establecen normas y las consensan. Transgredir las normas debe tener consecuencias para los transgresores, “la fuerza de la ley”, a fin de preservar el desarrollo y bienestar común. Las leyes, por tanto, procuran el bien del cuerpo social, incluso si son punitivas. Es habitual que, con el paso de los años, las leyes y normativas vayan quedando desfasadas ante el surgimiento de nuevas circunstancias, y que sea necesario derogarlas o actualizarlas para que cumplan su función. Es así como la ley se convierte en la garantía del derecho de todas y cada una de las personas que interactúan entre sí.

Cuando pensamos en las leyes bíblicas, tal vez nos viene a la mente el anacronismo natural que las acompaña, evidente en unas, menos claro en otras. Muchas, sin embargo, conservan vigencia y hasta rebasan sus límites culturales, de modo que se convierten en universales. Este es el caso de la mayoría de los mandatos del decálogo que prohíben causar daño al conciudadano, por ejemplo. Y es que estos preceptos tienen como base el principio ético más elemental que consiste en hacer el bien y evitar el mal. Sin esto consensuado no es viable ninguna sociedad.

El decálogo con los que Dios regula la vida de su pueblo no vienen formulados como principios éticos sino que emergen en el cauce de una narrativa de liberación que parte de la esclavitud en Egipto y llegará a la tierra prometida a los padres del pueblo. El pasaje de la esclavitud a la libertad cruza por la normatividad. Sin ese horizonte de liberación, los mandamientos, como cualquier otra ley, se vuelven una imposición autoritaria que parece suprimir la libertad personal y no una garantía del derecho equitativo de cada individuo. Algo semejante está en juego en el evangelio de hoy.

Jesús habla del templo en términos del modelo de familia patriarcal que era usual entre los piadosos, y reprueba la maquinaria utilitarista que los administradores han orquestado. El lugar de culto por antonomasia se debería distinguir por ser un espacio de oración o de encuentro con Dios, un lugar de estudio y de aprendizaje de las Escrituras, y un lugar de encuentro para todo el pueblo de Dios, sin las parcelas sociales que los separen. Los cristianos vieron esto con claridad y por eso traspasaron el ideal teológico del templo a Jesús resucitado. ¿Cómo es nuestro espacio cultual? ¿Cuál es la ley que rige nuestra vida?

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