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Evangelio del día y comentario – 5 de abril de 2020

Mt 27, 11-54 (o 26, 14–27, 66): Pasión de N. S. Jesucristo

Domingo de Ramos Primera lectura: Is 50, 4-7 No me tapé el rostro ante los ultrajes Salmo responsorial: Sal 21, 8-9.17-18a.19-20.23-24 Segunda lectura: Flp 2, 6-11 Se humilló, por eso Dios lo ensalzó sobre todo

Jesús fue llevado ante el gobernador, el cual lo interrogó: ¿Eres tú el rey de los judíos? Contestó Jesús: Tú lo has dicho. 12Pero, cuando lo acusaban los sumos sacerdotes y los ancianos no respondía nada… 17Cuando estaban reunidos, les preguntó Pilato: ¿A quién quieren que les suelte? ¿A Jesús Barrabás o a Jesús, llamado el Mesías? 18Ya que le constaba que lo habían entregado por envidia… 21El gobernador tomó la palabra: ¿A cuál de los dos quieren que les suelte? Contestaron: A Barrabás. 22Respondió Pilato: ¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías? Contestaron todos: Crucifícalo. 23Él les dijo: Pero, ¿qué mal ha hecho? Sin embargo ellos seguían gritando: Crucifícalo. 24Viendo Pilato que no conseguía nada, al contrario, que se estaban amotinando, pidió agua y se lavó las manos ante la gente diciendo: No soy responsable de la muerte de este inocente… 31Terminada la burla, le quitaron el manto y lo vistieron con su ropa. Después lo sacaron para crucificarlo. 32A la salida encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a cargar con la cruz. 33Llegaron a un lugar llamado Gólgota, es decir, Lugar de la Calavera, 34y le dieron a beber vino mezclado con hiel. Él lo probó, pero no quiso beberlo. 35Después de crucificarlo, se repartieron a suertes su ropa 36y se sentaron allí custodiándolo. 37Encima de la cabeza pusieron un letrero con la causa de la condena: Éste es Jesús, rey de los judíos. 38Con él estaban crucificados dos asaltantes, uno a la derecha y otro a la izquierda. 39Los que pasaban lo insultaban moviendo la cabeza 40y diciendo: El que derriba el santuario y lo reconstruye en tres días que se salve; si es Hijo de Dios, que baje de la cruz. 41A su vez, los sumos sacerdotes con los letrados y los ancianos se burlaban diciendo: 42Salvó a otros, y no puede salvarse a sí mismo. Si es rey de Israel, que baje ahora de la cruz y creeremos en él. 43Ha confiado en Dios: que lo libre ahora si es que lo ama. Pues ha dicho que es Hijo de Dios. 44También los asaltantes crucificados con él lo insultaban. 45A partir de mediodía se oscureció todo el territorio hasta media tarde. 46A media tarde Jesús gritó con voz potente: Elí Elí lema sabactani, o sea: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? 47Algunos de los presentes, al oírlo, comentaban: Está llamando a Elías. 48Enseguida uno de ellos corrió, tomó una esponja empapada en vinagre y con una caña le dio a beber. 49Los demás dijeron: Espera, a ver si viene Elías a salvarlo. 50Jesús, lanzando un nuevo grito, entregó su espíritu. 51El velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo, la tierra tembló, las piedras se partieron, 52los sepulcros se abrieron y muchos cadáveres de santos resucitaron. 53Y, cuando él resucitó, salieron de los sepulcros y se aparecieron a muchos en la Ciudad Santa. 54Al ver el terremoto y lo que sucedía, el centurión y la tropa que custodiaban a Jesús decían muy espantados: Realmente éste era Hijo de Dios.

Comentario

Para captar la manera cómo el cristianismo primitivo entendió y leyó la muerte de Jesús es necesario repasar la teología Mesiánica en la historia del Israel bíblico. Este pueblo, desde tiempos antiguos, estuvo a la espera del Mesías. La idea mesiánica estaba presente en la conciencia del pueblo. El origen de la teología mesiánica fue realmente desconcertante. El pueblo estaba convencido de que el Mesías enviado por Dios libertaría al pueblo y comprendería el sufrimiento, porque lo padecería en carne propia. Esto lo haría más solidario con el sufrimiento del pueblo. Con esas características se presenta al personaje misterioso del profeta Isaías. También hubo otra visión: la triunfalista, de entender al Mesías como un sujeto gobernado por el supremo poder. Muchas veces, a lo largo de la historia, una pregunta se incrustó en el alma del pueblo: ¿y el Mesías no tendría que llegar con poder?

El Mesías tal como se manifestó Jesús, estaría en la línea del Mesías original de Israel. Jesús comparte la suerte de los más débiles y despreciados de la historia. Esta visión original de mesianismo fue cantada también por san Pablo en la carta a los Filipenses. El Apóstol canta la manera como Jesús se abaja, se anonada para vivir su identidad de Siervo, en medio del pueblo al que busca rescatar.

Los dos capítulos del evangelio de Mateo de la liturgia de hoy vuelven a colocar a Jesús en el horizonte mesiánico original y genuino. El Siervo de Dios, descrito por el profeta Isaías, es definitivamente Jesús de Nazaret. Ahora no tenemos ninguna duda. Él es el que cumple las fidedignas promesas mesiánicas. Con Jesús queda claro que la salvación no pasa a través de caminos triunfales, sino por el camino de la “Vía Dolorosa”. El Mesías Jesús se tiene que enfrentar a un tribunal y ha de llegar hasta el lugar de la ejecución, para terminar en un sepulcro. Dios hará el resto. Dios es el que tiene la última palabra. ¿Estamos dispuestos a asumir a Jesús no como un mesías superpoderoso, sino como uno misericordioso?

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