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Evangelio del día y comentario – 4 de noviembre de 2020

Lc 14, 25-33: Toma tu cruz y sígueme

Carlos Borromeo (1584) Primera lectura: Flp 2, 12-18 Dios activa el querer Salmo responsorial: Sal 26, 1.4.13-14

En aquel tiempo, una gran multitud seguía a Jesús. Él se volvió y les dijo: 26Si alguien viene a mí y no me ama más que a su padre y su madre, a su mujer y sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo. 27Quien no carga con su cruz y me sigue no puede ser mi discípulo. 28Si uno de ustedes pretende construir una torre, ¿no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? 29No suceda que, habiendo echado los cimientos y no pudiendo completarla, todos los que miren se pongan a burlarse de él 30diciendo: éste empezó a construir y no puede concluir. 31Si un rey va a enfrentarse en batalla contra otro, ¿no se sienta primero a deliberar si podrá resistir con diez mil al que viene a atacarlo con veinte mil? 32Si no puede, cuando el otro todavía está lejos, le envía una delegación a pedir la paz. 33Lo mismo cualquiera de ustedes: quien no renuncie a sus bienes no puede ser mi discípulo.

Comentario

El discipulado que propone Jesús es exigente: hay que reorientar valores, reconsiderar nuevos lazos familiares, renunciar a bienes, y “tomar la cruz”. El discípulo, al ponerse en “camino”, tiene que reorientar su experiencia de vida y comenzar a construir comunidades alternativas. Para los seguidores de Jesús, nada puede interponerse en su “caminar” discipular. Cargar la cruz no es algo que se busca, es el resultado de vivir y poner en práctica los valores y las exigencias del Reinado de Jesús. La cruz no tiene sentido si no se ve por medio de ella al Dios que se solidariza con los crucificados de todos los tiempos. Para nuestra espiritualidad latinoamericana, el “tomar la cruz” ha sido su destino desde la llegada de la fe. La cruz no solo se ha abrazado, sino se ha hecho una bendición y un valor sublime al sufrimiento. Pero una cruz que no lleve a signos de vida, de justicia y de libertad, no son los signos del discipulado que Jesús requiere.

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