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Evangelio del día y comentario – 31 de mayo de 2020

Jn 20, 19-23: Reciban el Espíritu Santo

Pentecostés Visita de María a Isabel Primera lectura: Hch 2, 1-11 Se llenaron del Espíritu Salmo responsorial: Sal 103, 1ab.24ac.29b-31.34 Segunda lectura: 1Cor 12, 3b-7.12-13 Fuimos bautizados en un mismo Espíritu

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se colocó en medio y les dice: La paz esté con ustedes. 20Después de decir esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron al ver al Señor. 21Jesús repitió: La paz esté con ustedes. Como el Padre me envió, así yo los envío a ustedes. 22Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: Reciban el Espíritu Santo. 23A quienes les perdonen los pecados les quedarán perdonados; a quienes se los retengan les quedarán retenidos.

Comentario

Pentecostés era una fiesta agrícola que celebraba la cosecha, pero en la historia de la salvación vino a ser la fiesta judía de la alianza del Sinaí. La gente fabricaba tiendas en las que vivía por una semana para revivir la estancia al pie del monte santo, y apegar el corazón a los mandamientos. Al pie de aquel monte, Dios selló un pacto con los hebreos liberados del yugo egipcio para hacerlos pueblo suyo. Las tablas de la ley sintetizan los compromisos del pueblo con su Dios. Para mantener la fidelidad, como los profetas lo repetían a lo largo de la historia, se necesitaba la acción de Dios en el corazón de cada fiel.

El relato de la efusión del Espíritu Santo sobre la comunidad de discípulos de Jesús trae a punto que las obras de Dios pueden ser comprendidas por todas las personas, sin importar que hablen o no hebreo o arameo. Esta es una ruptura de los parámetros consabidos, que exigían hacerse judío a quienes quisieran tener parte en la alianza con Dios. Aunque narrativamente el camino a la universalidad está en sus inicios, se avizora ya el impulso que la Fuerza de lo alto dará a ese movimiento galileo.

Por su cuenta, el fragmento de Corintios testifica la necesidad del Espíritu de Dios no solo en cuanto impulso centrífugo, por decirlo así, sino también centrípeto, como fuerza cohesiva que mantiene la unidad eclesial. Todos los bautizados “beben el mismo Espíritu”; no hay diversidad de espíritus animando la comunidad eclesial. La imagen subraya la comunión que a todos vincula. La diversidad plural de carismas y talentos del cuerpo significa mayor habilidad para solventar los retos que se vayan presentando; no significa que la comunidad termine dispersa o disuelta en un caos sin ton ni son, sino su reconfiguración en la diversidad de miembros como un solo cuerpo; así es Cristo.

La aparición de Cristo resucitado a sus discípulos ilustra la función prioritaria del Espíritu: el perdón de los pecados. El pecado es la negación de la santidad de Dios en el hombre, su imagen. El Espíritu restaura la imagen de Dios en la humanidad. Dicho perdón cobra sentido en un espacio comunitario, de convivencia discipular. De allí que el Espíritu no opere simplemente como un carisma de beneficio personal, sino siempre en una dinámica comunitaria y eclesial, donde se notan los efectos del Espíritu: alegría y paz. ¿Con qué signos se aviva la conciencia bautismal del cristiano? ¿En qué se nota que el Espíritu de Dios anima a la Iglesia?

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