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Evangelio del día y comentario – 30 de diciembre de 2020

Lc 2, 22.36-40: Ana hablaba del Niño a todos

Juan Ma. Bocardo, fundador (1884) Primera lectura: 1Jn 2, 12-17 Dios permanece para siempre Salmo responsorial: Sal 95, 7-10

Cuando llegó el día de su purificación, 36había una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era de edad avanzada, casada en su juventud había vivido con su marido siete años, 37desde entonces había permanecido viuda y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del templo, sirviendo noche y día con oraciones y ayunos. 38Se presentó en aquel momento, dando gracias a Dios y hablando del niño a cuantos esperaban la liberación de Jerusalén. 39Cumplidos todos los preceptos de la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. 40El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y el favor de Dios lo acompañaba.

Comentario

Las personas de la tercera edad y los niños son los profetas de la Navidad. Ayer era Simeón, hoy es Ana que procedía de la tribu más pequeña, la más pobre de Israel: la tribu de Aser. Su nombre Ana: “Hanna” significa en hebreo “compasión”. Dios se ha compadecido. Ella es testigo de la compasión de Dios. Ese Niño es la expresión última del Dios Compasivo. Una mujer pobre porque es viuda y porque pertenece a la tribu más insignificante y que ha gastado su vida en ayunos y oraciones es la profetisa hoy de la Navidad. Porque son los pobres los que llevan en sus entrañas esa noticia. Porque esa noticia sólo se puede anunciar desde la pequeñez, no desde el poder ni la prepotencia de los poderosos. Con la presencia y el testimonio de estos dos profetas ancianos Simeón y Ana ya la familia de Jesús puede trasladarse a Galilea, a la aldea de Nazaret, la aldea de la humildad y del silencio donde Jesús va a crecer acompañado del favor de Dios.

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