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Evangelio del día y comentario – 30 de agosto de 2020

Mt 16, 21-27: Carga tu cruz y sígueme

22º Ordinario Juana Jugan (1879) Narcisa de Jesús (1869) Primera lectura: Jr 20, 7-9 La Palabra se volvió oprobio Salmo responsorial: Sal 62, 2-6.8-9 Segunda lectura: Rom 12, 1-2 Preséntense como sacrificio vivo

En aquel tiempo Jesús comenzó a explicar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, padecer mucho por causa de los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, sufrir la muerte y al tercer día resucitar. 22Pedro se lo llevó aparte y se puso a reprenderlo: ¡Dios no lo permita, Señor! No te sucederá tal cosa. 23Él se volvió y dijo a Pedro: ¡Retírate, Satanás! Quieres hacerme caer. Piensas como los hombres, no como Dios. 24Entonces Jesús dijo a los discípulos: El que quiera seguirme que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me siga. 25El que quiera salvar su vida la perderá; pero quien pierda la vida por mi causa la conservará. 26¿De qué le vale al hombre ganar todo el mundo si pierde su vida?, ¿qué precio pagará por su vida? 27El Hijo del Hombre ha de venir con la gloria de su Padre y acompañado de sus ángeles. Entonces pagará a cada uno según su conducta.

Comentario

“Mi vivir es Cristo y morir ganancia” (Pablo de Tarso); “si me matan, resucitaré en las luchas del pueblo”, san Romero de América; “la vida solo tiene sentido cuando se decide perderla, para que la historia cambie y el pueblo viva” (Bernardo López Arroyave). Estas sentencias cargadas de sentido profético enmarcan hoy la liturgia de la Palabra. La vida es un don de Dios, no para guardarla de forma egoísta sino para donarla generosamente por la vida, la paz y la justicia de todos los seres humanos.

Jeremías experimenta la persecución de sus enemigos. También se siente seducido y vencido por el mismo Dios quien le ha encomendado la misión que le ha acarreado el conflicto y el sufrimiento. Jeremías experimenta la fuerza incontenible de la Palabra de la que no puede huir aunque quiera. La Palabra profética de Yahvé lo ha seducido y sometido. Ahora tiene que levantar la voz para denunciar y anunciar lo que Dios mismo le ha señalado.

La pequeña comunidad cristiana de Roma vive asediada de amenazas y peligros del entorno. Por eso la invitación insistente del Apóstol es a mantenerse alerta para saber defenderse o rechazar cualquier seducción contraria al mensaje del Evangelio. Hacerse “hostia santa” es hacerse oblación para los hermanos, entregarse cada día en servicio, solidaridad y fraternidad a la comunidad para fortalecerla en la fe y la caridad.

Jesús anuncia su pasión y muerte a sus discípulos. Subir a Jerusalén es subir al centro del poder político, económico, cultural, militar y religioso de aquella época en Palestina. Jesús ha desarrollado buena parte de su ministerio en la periferia, al norte, en la región de Galilea, particularmente en el puerto de Cafarnaún. Sin embargo, su palabra y su acción liberadora han llegado a oídos de sus adversarios en Jerusalén. Jesús tiene plena conciencia de lo que le espera en la ciudad santa. Sin embargo, asume las consecuencias de su misión profética liberadora. Los discípulos, por el contrario, no entienden claramente las palabras del Señor. Pedro pretende “enseñar” al maestro. Por eso Jesús lo llama satanás (el perturbador), tiene que ponerse detrás del maestro como el discípulo que va aprendiendo lo que su maestro le enseña. Y la sentencia, la lección, es clara y contundente: quien no está dispuesto a entregar generosamente la vida por la causa de Jesús no puede participar de la plenitud del Reino. Es la invitación que Jesús nos hace hoy. ¿Estamos dispuestos a donar oblativamente toda nuestra vida al proyecto del Reino de Dios?

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