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Evangelio del día y comentario – 3 de marzo de 2021

Mt 20, 17-28: Lo condenarán a muerte

En aquel tiempo, cuando Jesús subía hacia Jerusalén, tomó aparte a los Doce y por el camino les dijo: 18Miren, subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los sumos sacerdotes y letrados que lo condenarán a muerte. 19Lo entregarán a los paganos para que lo maltraten, lo azoten y lo crucifiquen. Al tercer día resucitará. 20Entonces se le acercó la madre de los Zebedeos con sus hijos y se postró para hacer una petición. 21Él le preguntó: ¿Qué deseas? Ella contestó: Manda que, cuando reines, estos dos hijos míos se sienten uno a tu derecha y otro a tu izquierda. 22Jesús le contestó: No saben lo que piden. ¿Son capaces de beber la copa que yo he de beber? Ellos contestan: Podemos. 23Jesús les dijo: Mi copa la beberán, pero sentarse a mi derecha e izquierda no me toca a mí concederlo; esos lugares son para quienes se los ha destinado mi Padre. 24Cuando los otros diez lo oyeron, se enojaron con los dos hermanos. 25Pero Jesús los llamó y les dijo: Saben que entre los paganos los gobernantes tienen sometidos a sus súbditos y los poderosos imponen su autoridad. 26No será así entre ustedes; más bien, quien entre ustedes quiera llegar a ser grande que se haga servidor de los demás; 27y quien quiera ser el primero, que se haga sirviente de los demás. 28Lo mismo que el Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.

Reflexión

El martirio es una de las marcas más elocuentes en la tradición del cristianismo; la heredó del judaísmo. Ya entrada la época helenística, cuando los modos de vivir y entender el mundo con moldes griegos comenzaron a imponerse, los judíos de Palestina se levantaron los campeones de la fe a defender los valores patrios y el monoteísmo y empuñaron las armas. A los mártires del judaísmo siguieron los mártires cristianos. Cada vez que un gobierno absolutista ha querido suplantar la conciencia personal y soberana de los fieles al Dios único, el derramamiento de la propia sangre, como la de Cristo en la cruz, se ha convertido en testimonio elocuente de la inviolabilidad de la propia conciencia. Nada ni nadie puede sujetarla sino el propio Dios. Así, una de las tareas más urgentes entre los creyentes es la formación de la propia conciencia. ¿Qué hacemos para actualizar nuestras normas de conducta personal y social? ¿Qué valor o principio personal consideramos inviolable?

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