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Evangelio del día y comentario – 28 de febrero de 2021

Mc 9, 2-10: Este es mi Hijo muy amado

En aquel tiempo, tomó Jesús a Pedro, a Santiago y a Juan y se los llevó aparte a una montaña elevada. Delante de ellos se transfiguró: 3 su ropa se volvió de una blancura resplandeciente, tan blanca como nadie en el mundo sería capaz de blanquearla. 4 Se les aparecieron Elías y Moisés conversando con Jesús. 5 Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a armar tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. 6 No sabía lo que decía, porque estaban llenos de miedo. 7 Entonces vino una nube que les hizo sombra, y salió de ella una voz: Éste es mi Hijo querido. Escúchenlo. 8 De pronto miraron a su alrededor y no vieron más que a Jesús solo con ellos. 9 Mientras bajaban de la montaña les encargó que no contaran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos. 10Ellos cumplieron aquel encargo, pero se preguntaban qué significaría resucitar de entre los muertos.

Reflexión

Conocemos un buen número de pirámides mesoamericanas que, a diferencia de las egipcias, tienen forma trapezoidal y terminan en una plataforma donde se levantaba un templo, donde se ofrecían dones y sacrificios a los dioses. Esas muestras de nuestras culturas ancestrales son expresiones del profundo anhelo que anima a los humanos para acercarse a la Divinidad y vivir con ella. Otro tanto vale decir de los tótems de los aborígenes norteamericanos o incluso de los amuletos de los pueblos amazónicos y caribeños. El deseo de vivir con los dioses, en una atmósfera de dicha plena, armonía y descanso allí se refleja. En la escena de la transfiguración que el evangelio retrata, palpita ese mismo anhelo.

En el evangelio de Marcos, la transfiguración se cuenta a los siete días de la confesión mesiánica de Pedro, cuando Jesús anunció su pasión y resurrección por primera vez, y renueva la convocación a seguirlo. Todo esto marca una novedad en la trama, marcada también porque la sección narrativa entera está enmarcada por dos curaciones de ciegos. Es una manera de decir que se necesitan ojos nuevos para entender a Jesús y su proyecto. La transfiguración es algo que hay que penetrar con una mirada nueva y apropiársela en la identidad discipular.

La transfiguración es una manifestación de la identidad profunda de Jesús, el Hijo de Dios. Queda claro que es un profeta como Elías y Moisés, pero distinto a ellos. Cuando Pedro, el portavoz de los discípulos, se dirige a Jesús como Rabbí o Maestro, la voz celeste, Dios, reacciona señalándolo como el Hijo amado, al que hay que escuchar. Así, sus palabras son determinantes.

Escuchar a Jesús no significa no recibir las palabras de Moisés ni atender a las historias de Elías, campeones de la fe del pueblo de Dios. Significa más bien hacer las enseñanzas del Hijo prioritarias para volverse agradable a Dios.

En una época donde todo se cuestiona, desde los usos y costumbres hasta la legislación y la política, las voces son tan numerosas y tan ruidosas que impiden el discernimiento personal. Es necesario pausarse, tomar distancia para contemplar. Cada discípulo de Jesús tiene la obligación de alejarse a la montaña y contemplar a Jesús transfigurado, con la gloria de la cruz. Allí, en la soledad de la montaña, escuchar las palabras del Evangelio para retomar el camino de gloria que Jesús ha recorrido para nuestra transformación en hijos del mismo Padre.

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