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Evangelio del día y comentario – 28 de diciembre de 2019

Mt 2, 13-18: Herodes mandó matar a los niños

Santos Inocentes Catalina Volpicelli (1894) Primera lectura: 1Jn 1, 5–2, 2 La sangre de Jesús limpia Salmo responsorial: Sal 123, 2-5. 7b-8

Cuando los magos se fueron, un ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo. 14Se levantó, todavía de noche, tomó al niño y a su madre y partió hacia Egipto, 15donde residió hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que anunció el Señor por el profeta: De Egipto llamé a mi hijo. 16Entonces Herodes, al verse burlado por los magos, se enfureció mucho y mandó matar a todos los niños menores de dos años en Belén y sus alrededores; según el tiempo que había averiguado por los magos. 17Así se cumplió lo que anunció el profeta Jeremías: 18Una voz se escucha en Ramá: muchos llantos y sollozos; es Raquel que llora a sus hijos y no quiere que la consuelen porque ya no viven.

Comentario

El cristiano es un hombre marcado por el perdón. Su conciencia y su vida nueva se generan de ese manantial. Es creyente el que tiene conciencia de haber sido perdonado por Dios, gracias a Cristo Jesús. De él derivan todos sus modos de operar. El perdón divino lo acogemos solo al reconocer la justicia de Cristo y la injusticia nuestra. ¿Cuál es nuestra injusticia? No ser como Cristo; ni amar, ni vivir como Cristo. El perdón es un don y fruto de la generosidad personal; supone renunciar a la compensación de la deuda que la transgresión del otro ha ocasionado con la ruptura del equilibrio en la relación. Perdonar nos vuelve abiertos y vulnerables. El perdón hace a un lado la ofensa para centrarse en el ofensor; lo mira para tomar su lugar. Esto es lo que ha sucedido en el perdón cristiano. Cristo ha tomado el lugar del ofensor, y, en él, hemos sido perdonados. Pertenecemos a una comunidad de personas perdonadas en Cristo. Esa conciencia ha de modelar todas nuestras relaciones. ¿Vivimos como “perdonados” o como “impecables”?

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