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Evangelio del día y comentario – 27 de octubre de 2019

Lc 18, 9-14: Quien se humilla será exaltado

30o Ordinario Vicente, Sabina y Cristeta (s. IV) Primera lectura: Eclo 35, 12-14.16-18 Dios atiende los gritos del pobre Salmo responsorial: Sal 33, 2-3. 17-19. 23 Segunda lectura: 2Tim 4, 6-8.16-18 Me aguarda la corona

En aquel tiempo, por algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, Jesús les contó esta parábola: 10Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, el otro recaudador de impuestos. 11El fariseo, de pie, oraba así en voz baja: Oh Dios, te doy gracias porque no soy como el resto de los hombres, ladrones, injustos, adúlteros, o como ese recaudador de impuestos. 12Ayuno dos veces por semana y doy la décima parte de cuanto poseo. 13El recaudador de impuestos, de pie y a distancia, ni siquiera alzaba los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: Oh Dios, ten piedad de este pecador. 14Les digo que este volvió a casa absuelto y el otro no. Porque quien se alaba será humillado y quien se humilla será alabado.

Comentario

Desde hace tiempo en algunos ambientes, sobre todo citadinos, se suele utilizar la expresión “usted no sabe quién soy yo” para intentar saltarse las normas sociales o para humillar a una persona de “menor rango”. Parece que el dinero, la posición social y el poder político se imponen sobre la dignidad de la persona. Incluso en ámbitos eclesiales se tiende a hacer prevalecer los títulos eclesiásticos o nobiliarios sobre la condición humilde, pobre y sencilla de las personas. Es una consecuencia fuerte del pecado del egoísmo y la codicia que aún pesa sobre nosotros.

Por fortuna, así no es el proceder de Dios, según nos lo revela la Escritura. Dios es justo y trata a todos por igual dice el libro del Eclesiástico. Él no hace acepción de personas. Todos son sus hijos e hijas. Para Dios no existen clases sociales, ni culturas superiores, ni razas, ni títulos… Es un Padre maternal que ama por igual a todos sus hijos. No cierra sus oídos a los clamores de los empobrecidos y victimizados de nuestra sociedad. El dolor de los que sufren por causa de los opresores de cualquier calaña no es indiferente para Dios. Se declara defensor de los pequeños que son pisoteados por la soberbia de los grandes. Es el Dios para todos, sin excepción, pero desde un lugar preciso, el de los excluidos. También lo recuerda el Salmo 33. Dios no mira la apariencia sino la hondura del corazón humano. La arrogancia, la prepotencia individual y colectiva, no es tolerada por Dios. Su mirada penetra lo profundo del ser humano. Esa profundidad se manifiesta en los actos, las actitudes, los valores de la persona.

El Evangelio de Lucas presenta una imagen de lo que es la auténtica espiritualidad. Un hombre que se considera justo, recto, “reclama a Dios” sus derechos, sus premios por sus merecimientos. En cambio otro hombre que se reconoce pecador, limitado solo se atreve a suplicar a Dios un poco de piedad y misericordia. Es la actitud del ser humano que considera que sin la gracia de Dios no puede superar sus limitaciones, que la santidad no depende de los esfuerzos humanos solamente sino de la intervención de Dios en su interior.

El papa Francisco ha invitado constantemente a una conversión del corazón, auténtica, radical, total. La conversión no es simplemente un asunto de comportamientos externos. Es ponerse en la dirección de Dios, dejarse penetrar por la mirada de Dios y dejarse conducir por la fuerza y la luz de su Espíritu.

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