Publicado el Deja un comentario

Evangelio del día y comentario – 26 de abril de 2020

Lc 24, 13-35: Lo reconocieron al partir el pan

3º Domingo de Pascua Rafael Arnaiz (1936) Primera lectura: Hch 2, 14.22-33 No era posible que la muerte lo retuviera Salmo responsorial: Sal 15, 1-2a.5.7-11 Segunda lectura: 1Pe 1, 17-21 Han sido redimidos por Cristo

Aquel mismo día, dos discípulos de Jesús iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, que está a unos diez kilómetros de Jerusalén. 14En el camino conversaban sobre todo lo sucedido. 15Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona los alcanzó y se puso a caminar con ellos. 16Pero ellos tenían los ojos incapacitados para reconocerlo. 17Él les preguntó: ¿De qué van conversando por el camino? Ellos se detuvieron con rostro afligido, 18y uno de ellos, llamado Cleofás, le dijo: ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que desconoce lo que ha sucedido allí estos días? 19Jesús preguntó: ¿Qué cosa? Le contestaron: Lo de Jesús de Nazaret, que era un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo. 20Los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. 21¡Nosotros esperábamos que él fuera el liberador de Israel!, pero ya hace tres días que sucedió todo esto. 22Es verdad que unas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado; ellas fueron de madrugada al sepulcro, 23y al no encontrar el cadáver, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles asegurándoles que él está vivo. 24También algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como habían contado las mujeres; pero a él no lo vieron. 25Jesús les dijo: ¡Qué duros de entendimiento!, ¡cómo les cuesta creer lo que dijeron los profetas! 26¿No tenía que padecer eso el Mesías para entrar en su gloria? 27Y comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que en toda la Escritura se refería a él. 28Se acercaban al pueblo adonde se dirigían, y él hizo ademán de seguir adelante. 29Pero ellos le insistieron: Quédate con nosotros, que se hace tarde y el día se acaba. Entró para quedarse con ellos; 30y, mientras estaba con ellos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. 31Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista. 32Se dijeron uno al otro: ¿No sentíamos arder nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba la Escritura? 33Se levantaron al instante, volvieron a Jerusalén y encontraron a los Once con los demás compañeros, 34que afirmaban: Realmente ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón. 35Ellos por su parte contaron lo que les había sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Comentario

Pedro anuncia el Evangelio en el día de Pentecostés; él hace una presentación de la vida y obra de Jesús. Dios ha cumplido las promesas de la vida y del don del Espíritu Santo en la resurrección de Jesús de Nazaret. A la entronización celeste de Jesús Dios le otorgó su Santo Espíritu para transmitirlo a sus fieles. El mayor de los beneficios es la recepción del Espíritu, que no es sino las arras o garantía de la vida verdadera, la vida de Dios.

En la secuencia donde deja la lectura de los Hechos prosigue la de la carta primera de Pedro: la vida redimida del cristiano, pero el acento no va en la recepción del Espíritu sino en el precio de la redención: la vida de Cristo.

Las lecturas retratan la condición del cris – tiano de manera relevante. Contra la idea de que el cristiano es alguien impotente y merced de los poderes que mueven el mundo y su historia, el núcleo de la fe cristiana enseña lo contrario. La fuerza que irrumpe en el mundo es la del Espíritu de la vida nueva; la misma que sacó a Jesús de entre los muertos para constituirlo Señor de vivos y muertos. Es la fuerza de Dios mismo que ahora está accesible a todo creyente. Es la fuerza de la vida, capaz de transformar la historia sofocada por la muerte en una de vida en comunión con otras personas y con Dios: una vida santificada. Ese poder es el que Dios nos concede mediante la fe en Cristo.

Creer en Cristo es la conciencia de vivir redi – mido, y de allí viene la orientación fundamental de la vida nueva, la vida pascual. Vivir redimidos es tener conciencia de que no nos pertenecemos, es decir, de que vivimos en relación de santidad continua e ininterrumpida con Dios y con los demás. Hemos alentado modelos corruptos de vida para sobrevivir con cierto éxito en una sociedad consumista y de mercado liberal, cristianizada en usos y costumbres, pero sin la ética del Evangelio. ¿Dónde notamos haber pasado de la muerte a la vida? ¿En qué notamos que valoramos la fe en Cristo?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *