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Evangelio del día y comentario – 25 de febrero de 2020

Mc 9, 29-37: Quien quiera ser primero, sea último

Luis Versiglia, mártir (1930) Primera lectura: Sant 4, 1-10 Piden y no reciben porque piden mal Salmo responsorial: Sal 54, 7-8.9-10a.10b-11a.23

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon del monte y fueron recorriendo Galilea, y no quería que nadie lo supiera. 31A los discípulos les explicaba: El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de hombres que le darán muerte; después de morir, al cabo de tres días, resucitará. 32Ellos, aunque no entendían el asunto, no se atrevían a preguntarle. ¿Quién es el más importante? 33Llegaron a Cafarnaún y, ya en casa, les preguntó: ¿De qué hablaban por el camino? 34Se quedaron callados, porque por el camino habían estado discutiendo quién era el más importante. 35Se sentó, llamó a los Doce, y les dijo: El que quiera ser el primero, que se haga el último y el servidor de todos. 36Después llamó a un niño, lo colocó en medio de ellos, lo acarició y les dijo: 37Quien reciba a uno de estos niños en mi nombre, a mí me recibe. Quien me recibe a mí, no es a mí a quién recibe, sino al que me envió.

Comentario

Jesús es consecuente con su manera de posicionarse en el entorno y en las necesidades de la gente que quieren propiciar un encuentro salvífico con Él. Jesús, con sus gestos y acciones, rompe las lógicas impuestas de relaciones asimétricas y discriminatorias. Su praxis se expresa acogiendo, cuidando y sin traicionar la confianza de las personas. Su pedagogía, en este sentido, es subversiva. A nivel personal, Él mismo se implica junto con los vulnerados por el sistema político-religioso en los procesos de dignificación humana, haciéndose también vulnerable y exponiéndose a las lógicas de dominación; esas mismas lógicas que lo ajusticiarán. A nivel comunitario, al comprometerse con los otros en los procesos de reconocimiento e inclusión en el ámbito social, deslegitima las jerarquías opresoras, inaugurando relaciones igualitarias y circulares. A nivel profético, al visibilizar a la persona y los lugares vulnerados, denuncia la perversión imperial y la idolatría cultual, anunciando con su propia vida el modo en cómo humaniza el Reino de Dios. ¿Nuestro discipulado y misión se mueven a compasión o por ambición?

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