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Evangelio del día y comentario – 24 de noviembre de 2019

Lc 23, 35-43: Señor, acuérdate de mí en tu reino

34o Ordinario Jesucristo Rey del Universo Primera lectura: 2Sm 5, 1-3 Ungieron rey a David Salmo responsorial: Sal 121, 1-2. 4-5 Segunda lectura: Col 1, 12-20 Nos ha trasladado al reino de su Hijo

En aquel tiempo el pueblo estaba mirando a Jesús y los jefes se burlaban de él diciendo: Ha salvado a otros, que se salve a sí mismo, si es el Mesías, el predilecto de Dios. 36También los soldados se burlaban de él. Se acercaban a ofrecerle vinagre 37y le decían: Si eres el rey de los judíos, sálvate. 38Encima de él había una inscripción que decía: Este es el rey de los judíos. 39Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti y a nosotros. 40Pero el otro lo reprendió diciendo: ¿No tienes temor de Dios, tú, que sufres la misma pena? 41Lo nuestro es justo, recibimos la paga de nuestros delitos; pero él, en cambio, no ha cometido ningún crimen. 42Y añadió: Jesús, cuando llegues a tu reino acuérdate de mí. 43Jesús le contestó: Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso.

Comentario

El texto de Lucas presenta a Jesús crucificado junto con otros dos malhechores. Muchas veces pensamos que Jesús sufrió un martirio único, pero la verdad es que los tres están siendo sometidos a una forma común que los romanos tenían para ajusticiar a los trasgresores. En lo alto de la cruz de Jesús, los soldados habían puesto un letrero como burla: “Jesús Nazareno Rey de los Judíos”; es la inscripción INRI que vemos hoy en muchos crucifijos. Las autoridades, y uno de los malhechores, también se burlan de Él llamándole “mesías” y “elegido”. Lo que no saben es que sus burlas, en realidad, están expresando la verdad sobre su identidad y su misión.

La única voz disonante que se escucha es la del personaje que acostumbramos llamar “buen ladrón”, quien habla en nombre de todos los que sufren en este mundo. Defiende a Jesús y le reconoce como rey al pedirle que se acuerde de él cuando llegue a su Reino. En ese pedido se expresa la esperanza de los excluidos: la victoria del bien sobre el mal y la llegada de un reino de justicia, paz y fraternidad que les permita una vida digna y plena.

Jesús es un rey que muere como malhechor porque su proyecto de vida se opone al proyecto de los que detentan el poder y lo imponen con la fuerza de las armas. Ni las autoridades ni los soldados pueden concebir a un rey que no ha venido para ser servido sino para servir… y para dar su vida en esta misión. Por eso no lo reconocen y se burlan de Él.

La fiesta de Cristo Rey debe recordarnos que su Reino no es de este mundo (cf. Jn 18, 36). Lo cual no significa que deberíamos buscar un reino en el cielo o en el “más allá”. El reinado de Dios no es un reino de gloria y poder, sino de amor y entrega total. Es un reino que va a contramano de los reinados de este mundo. Jesús no nos pide colgarnos al pecho una hermosa cruz de oro como verdadero amuleto, lo que nos pide es cargar con ella. O sea, seguir sus pasos con responsabilidad y compromiso, luchar por la justicia, defender a los marginados, sabiendo que esto puede llevarnos a compartir el destino de Jesús. ¿Estamos dispuestos a seguir a un Dios crucificado? ¿O nos resulta más fácil solo adorar su cruz?

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