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Evangelio del día y comentario – 24 de febrero de 2020

Mc 9, 13-29: Tengo fe, pero dudo, ayúdame

Modesto de Tréveris (486) Primera lectura: Sant 3, 13-18 No anden con envidia Salmo responsorial: Sal 18, 8.9.10.15

En aquel tiempo, cuando Jesús hubo bajado del monte, volvieron a donde estaban los discípulos, vieron un gran gentío y unos letrados discutiendo con ellos. 15En cuanto la gente lo vio, quedaron sorprendidos y corrieron a saludarlo. 16Él les preguntó: ¿De qué están discutiendo? 17Uno de la gente le contestó: Maestro, te he traído a mi hijo, poseído por un espíritu que lo deja mudo. 18Cada vez que lo ataca, lo tira al suelo; él echa espuma por la boca, rechina los dientes y se queda rígido. He pedido a tus discípulos que lo expulsaran y no han podido. 19Él les contestó: ¡Qué generación incrédula! ¿Hasta cuándo tendré que estar con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? Tráiganmelo. 20Se lo llevaron; y, en cuanto el espíritu lo vio, sacudió con violencia al muchacho, que cayó a tierra y se revolcaba echando espuma por la boca. 21Jesús preguntó al padre: ¿Desde cuándo le sucede esto? Contestó: Desde niño. 22Y muchas veces incluso lo tira al agua o al fuego para acabar con él. Por eso, si puedes hacer algo, compadécete de nosotros y ayúdanos. 23Jesús le respondió: ¿Que si puedo? Todo es posible para quien cree. 24Inmediatamente el padre del muchacho exclamó: Creo; pero socorre mi falta de fe. 25Viendo Jesús que la gente se agolpaba sobre ellos, reprendió al espíritu inmundo: Espíritu sordo y mudo, yo te lo ordeno, sal de él y no vuelvas a entrar en él…

Comentario

Jesús de nuevo sigue propiciando transformación de las conciencias y de los espacios «implicándose salvíficamente». El encuentro con la gente que lo reclama, espera, y tienes expectativas en Él, acontece como experiencia dialógica, compartida, colectiva; donde se puedan escuchar las muchas voces de los pobres con espíritu, de los que anhelan acogida, cuidado y dignificación; donde se puede entretejer epifanías de humanización, y se depongan los juegos de las políticas del mal. Él tiene claro lo esencial de implicarse en la vida de la gente y en sus contextos de situación: «moverse a misericordia». ¿Estamos dispuestos a sembrar esperanza en las márgenes y fronteras existenciales? ¿Somos capaces de enfrentarnos a las propias lógicas de poder que nos impiden estar al acecho del Reino de Dios y sus prácticas sanantes y liberadoras?

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