Publicado el Deja un comentario

Evangelio del día y comentario – 22 de diciembre de 2019

Mt 1, 18-24: Jesús nacerá de María

4o de Adviento Francisca Cabrini, fundadora (1917) Primera lectura: Is 7, 10-14 La virgen dará a luz un hijo Salmo responsorial: Sal 23, 1-6 Segunda lectura: Rom 1, 1-7 Jesucristo, Hijo de Dios

El nacimiento de Jesús, Mesías, sucedió así: su madre, María, estaba comprometida con José, y antes del matrimonio, quedó embarazada por obra del Espíritu Santo. 19José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, pensó abandonarla en secreto. 20Ya lo tenía decidido, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María como esposa tuya, pues la criatura que espera es obra del Espíritu Santo. 21Dará a luz un hijo, a quien llamarás Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. 22Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por medio del profeta: 23Mira, la virgen está embarazada, dará a luz a un hijo que se llamará Emanuel, que significa: Dios con nosotros. 24Cuando José se despertó del sueño, hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado y recibió a María como esposa

Comentario

La atención de la Iglesia entera se va centrando con intensidad creciente en el nacimiento de Cristo. Una de las convicciones de la fe cristiana es que ese nacimiento estaba anticipado ya por boca de los profetas. Pasaron siglos para que aquellos anuncios se vieran cumplidos. Y ese cumplimiento representa el culmen de las expectativas humanas, como Pablo escribe a los cristianos de Roma. Veinte siglos después, ese nacimiento sigue cobrando relevancia para nuestro mundo, porque es un evento común a todos los humanos, un acto vital de humanidad. El nacimiento de un ser humano, más allá de si es niño o niña, adquiere un denso sentido si lo vemos con detenimiento.

El nacimiento de un infante representa una expresión de la vida, una maravilla. El milagro de la vida se patentiza continuamente en el universo; se trata de una especie de revelación cósmica hecha por la vida en la historia a los ojos humanos, invitando a cobrar conciencia; es como si se tratara de algo que está allí latente, permanente y que, de pronto, brota, rompe lo cotidiano y maravilla. Por eso, ese acto singular de humanidad es un llamado a reverenciar el tremendo misterio que lo envuelve, el gran misterio de la vida en singular. ¿Qué revela? Primeramente, una presencia nueva; la novedad de la vida, sí, pero también la fuerza que la impulsa. Esa novedad es generada por una fuerza que viene de más lejos, que nos trasciende y que nunca se agota en un acto, porque es plural, diversa y multiforme; parece que en cada paso cobra nuevo impulso en la inmensa diferenciación cósmica y con una intensidad sorprendente. Paralelamente, la vida se teje y entreteje como una red unitaria que habla de la interdependencia de todos los vivientes y de una subyacente unidad que va más allá de lo humano. La vida es un milagro, algo que nos rebasa con su novedad, diversidad y profunda unidad. Reverenciar la vida, abrazar la vida, es una gracia que debemos pedir y cultivar.

Pero el nacimiento de un infante representa también el himno de lo vulnerable; allí la vida se nos presenta frágil, dependiente y necesitada de protección; es la epifanía de lo frágil. Sin los cuidados y cooperación de otros vivientes, la vida nueva de la criatura nunca florecería. La fragilidad de la vida clama por la interdependencia vital. El llanto del recién nacido es el himno de la vida que apela a la fuerza de la interdependencia que vincula a todos los seres vivos y que nos llama.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *