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Evangelio del día y comentario – 20 de agosto de 2020

Mt 22, 1-14: Invítenlos a la boda

Bernardo (1153) Primera lectura: Ez 36, 23-28 Les daré un corazón nuevo Salmo responsorial: Sal 50, 12-15.18-19

Jesús contó esta parábola: 2 El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. 3Envió a sus sirvientes para llamar a los invitados a la boda, pero éstos no quisieron ir. 4 Entonces envió a otros sirvientes encargándoles que dijeran a los invitados: Tengo el banquete preparado, mis mejores animales ya han sido degollados y todo está a punto; vengan a la boda. 5 Pero ellos se desentendieron: uno se fue a su campo, el otro a su negocio; 6 otros agarraron a los sirvientes, los maltrataron y los mataron. 7 El rey se indignó y, enviando sus tropas, acabó con aquellos asesinos e incendió su ciudad. 8 Después dijo a sus sirvientes… 9 Vayan a los cruces de caminos y a cuantos encuentren invítenlos a la boda10… Los sirvientes salieron a los caminos y reunieron a cuantos encontraron, malos y buenos. El salón se llenó de convidados. 11Cuando el rey entró para ver a los invitados, observó a uno que no llevaba traje apropiado. 12Le dijo: Amigo, ¿cómo has entrado sin traje apropiado? Él enmudeció. 13Entonces el rey mandó a los guardias: Átenlo de pies y manos y échenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el crujir de dientes. 14Porque son muchos los invitados pero pocos los elegidos.

Comentario

Las palabras de Jesús no son una ventana para ver el tiempo pasado, para captar lo que sucedió en su época. Todo lo contrario: lo que Él dijo e hizo tiene que colocar al creyente en el horizonte del presente, del hoy histórico en el que se encuentra. Esto quiere indicar que la parábola de hoy tiene mucho que aportar y exigir a los cristianos de este tercer milenio. ¿Dónde debe estar la Iglesia? ¿Cuál es el lugar existencial de la comunidad seguidora de Jesús? ¿Con quién deben estar los creyentes? ¿Cuáles son los riesgos por los que tiene que pasar la Iglesia si es fiel a su Señor? La Iglesia ha de ser como Dios –no creerse Dios– sino tener las actitudes del Padre Dios, esas que Jesús mostró de manera novedosa. Ella debe saber que la fidelidad a Jesús desagradará a muchos. Su tarea es acoger a los excluidos y a los que la sociedad rechaza, aunque le cueste el descrédito, la persecución y muchas veces el martirio.

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