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Evangelio del día y comentario – 16 de septiembre de 2019

Lc 7, 1-10: Ni en Israel he visto tanta fe

Cornelio y Cipriano (253 y 258) Primera lectura: 1Tim 2, 1-8 Dios quiere que todos se salven Salmo responsorial: Sal 27, 2. 7-9

En aquel tiempo, cuando concluyó Jesús su discurso al pueblo, Jesús entró en Cafarnaún. 2 Un centurión tenía un sirviente a quien estimaba mucho, que estaba enfermo, a punto de morir. 3 Habiendo oído hablar de Jesús, le envió unos judíos notables a pedirle que fuese a sanar a su sirviente. 4 Se presentaron a Jesús y le rogaban insistentemente, alegando que se merecía ese favor: 5 Ama a nuestra nación y él mismo nos ha construido la sinagoga. 6Jesús fue con ellos. No estaba lejos de la casa, cuando el centurión le envió unos amigos a decirle: Señor, no te molestes; no soy digno de que entres bajo mi techo. 7 Por eso yo tampoco me consideré digno de acercarme a ti. Pronuncia una palabra y mi muchacho quedará sano. 8 Porque también yo tengo un superior y soldados a mis órdenes. Si le digo a este que vaya, va; al otro que venga, viene; a mi sirviente que haga esto, y lo hace. 9 Al oírlo, Jesús se admiró y volviéndose dijo a la gente que le seguía: Una fe semejante no la he encontrado ni en Israel. 10Cuando los enviados volvieron a casa, encontraron sano al sirviente.

Comentario

Elevar las manos al cielo es un gesto de súplica y de confiada esperanza en recibir aquello que se pide. El fragmento de la carta es una recomendación al líder de la comunidad para que se ore por todos y, de modo particular, por los que detentan la autoridad. Esa oración ha de hacerse con pureza de corazón y sin rencor alguno, pues era verdad consensuada que, si una oración tenía intenciones turbias, no sería escuchada, y que, incluso, podría traer efectos contrarios a los deseados. La pureza de corazón tiene que ver con la transparencia de intención. Albergar dobles intenciones se traduce en hipocresía por querer al mismo tiempo dos cosas incompatibles entre sí. Si permitimos que intereses ajenos a los de Cristo se alojen en nuestra mente y voluntad, perdemos la pureza de corazón. Es entonces que nos dispersamos en busca de lo incompatible con la mente de Cristo. El cristiano debe cultivar un corazón puro y esta condición viene de la unidad profunda con Dios y con Jesucristo. En eso consiste orar: unir nuestro corazón a Dios.

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