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Evangelio del día y comentario – 14 de marzo de 2021

Jn 3, 14-21: Para que el mundo se salve por Él

En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: Como Moisés en el desierto levantó la serpiente, así ha de ser levantado el Hijo del Hombre, 15para que quien crea en él tenga vida eterna. 16Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que quien crea en él no muera, sino tenga vida eterna. 17Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de él. 18El que cree en él no es juzgado; el que no cree ya está juzgado, por no creer en el Hijo único de Dios. 19El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz. Y es que sus acciones eran malas. 20Quien obra mal detesta la luz y no se acerca a la luz, para que no delate sus acciones. 21En cambio el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz para que se vea claramente que todo lo hace de acuerdo con la voluntad de Dios.

Reflexión

En la primera lectura, el Cronista hace un repaso brevísimo de la historia del pueblo, en la que destaca la caída de Jerusalén a manos de los babilonios, el exilio y el retorno. Fueron eventos traumáticos que orillaron a muchos fieles del pueblo de Dios a pensar que Él había rechazado a su pueblo. El escritor piensa de otra manera. Mira que las desgracias se deben a las transgresiones del pueblo contra la alianza; particularmente, a haber rechazado a los mensajeros de Dios. La desgracia se entiende como un modo de purificación. Los que han vuelto del exilio no pueden repetir aquellos pasos. Se trata de una lección dura, pero que habrá que asimilar para seguir adelante. Esta lectura de los acontecimientos tiene un poderoso factor detrás: los anuncios proféticos se cumplen.

La convicción de fondo es que Dios es el Señor de la historia y que, en esa historia, Dios interviene por medio de sus enviados, para salvaguardar a su pueblo. Incluso si el pueblo no es dócil a la palabra de Dios, Dios prosigue su proyecto de salvación. A esto obedece que un extranjero, Ciro un rey persa, sea el instrumento para la restauración de una nación postrada en el exilio. Ciro viene a ser uno de esos enviados divinos a los que hay que hacer caso. Esta migración hacia la tierra de los antepasados está convocada por Dios, a fin de cuentas.

Las idas y venidas de la familia humana de un territorio a otro, el fenómeno migratorio, no pueden ser concebidas como invasiones o movimientos agresivos contra las poblaciones locales. Ese movimiento, hay que entenderlo, es de sobrevivencia. Este instinto de conservación vital es un derecho humano, al que las sociedades se han de abrir y ajustar. Parece normal, y hasta lógico, que los lugares que son destinos migratorios sean más prósperos y ofrezcan mejores posibilidades de tener unas formas de vida más humanas. Algo que se olvida con frecuencia es que esos flujos migratorios proceden de lugares que han sido explotados insensatamente desde los sitios prósperos, por generaciones. La memoria histórica no puede ser tan miope como para no reconocer la dinámica de causa-efecto que parece el fundamento de toda comprensión razonable.

Tarde, pero el equilibrio que todos deseamos solo se podrá instaurar trabajando con un sentido de justicia que rebase los parámetros establecidos por cada legislación local. La autarquía local será el sustento del equilibrio transnacional, pero no su límite. El proyecto de Dios, de su Reino, no consiste en mantener polarizados a sus hijos, sino en que trabajen unidos por la equidad universal. ¿Cómo abona nuestra fe cristiana en conseguir la autosuficiencia a nivel local?

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