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Para vivir una Vigilia de Pentecostés

(Vivir la fiesta de Pentecostés, Equipo Editorial, Editorial Claretiana, 2004)

Algunas sugerencias

  • El material que presentamos puede utilizarse a solas, con quienes estemos transitando este tiempo en casa o en una pequeña comunidad, organizándose en un encuentro virtual. También pueden hacerlo de modo personal durante un día y organizar para más tarde o al día siguiente el encuentro para compartir lo reflexionado y rezado, concluyendo con la oración final. O, simplemente, cada uno desde su lugar, uniendo los corazones en Dios.
  • La vigilia está estructurada en dos bloques que desembocan en una oración final.
  • Hay que tener en cuenta que cada uno tengan el material a mano para ir siguiendo los paso. Todos trabajarán los mismos temas, que luego pondrán en común.
  • El primer bloque desarrolla los símbolos con los que se identifica al Espíritu Santo en la Biblia. Termina con un trabajo personal a partir de un cuento.
  • El segundo muestra cómo Jesús describe al Espíritu no ya desde elementos de la naturaleza sino con las funciones propias de una persona.

 

Comenzamos compartiendo un canto (o el que ustedes prefieran):

El Espíritu los acompaña

Vendrás aquí, nos recordarás
las palabras que nos dijo Jesús.
Vendrás al fin, te necesitamos
¡VEN! ESPÍRITU SANTO ¡VEN! (bis).

(CD Volver a nacer, Fabiola Torrero Esteban, stj,
Producción y Distribución para América latina: Editorial Claretiana, 2012)

Pueden escucharlo en: https://www.youtube.com/watch?v=LvH01iBJnok&t=72s

Bloque 1: La obra del Espíritu en nosotros

Duración: 40 min.

El Espíritu Santo, Espíritu de Dios, no tiene cuerpo ni figura, por eso, para referirnos a Él necesitamos usar imágenes. Entre las más frecuentes en la Biblia encontramos el fuego y el viento.

El Fuego

Moisés llegó a la montaña de Dios, el Horeb. Allí se le apareció el Ángel del Señor en una llama de fuego, que salía de en medio de la zarza. El Señor lo llamó diciendo: ‘¡Moisés, Moisés!’ ‘Aquí estoy’, respondió él. ‘Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob’ (Ex 3,1-2.4.6).

Este es sólo un ejemplo, de los muchos que encontramos en el Antiguo Testamento, en el que podemos apreciar que la presencia de Dios es simbolizada con el fuego. Desmenucemos un poco el sentido de esta simbología.

El fuego indica, en primer lugar, fuerza transformadora y purificadora. El paso del Espíritu de Dios por nosotros no puede dejarnos inmutables. El cambio, el crecimiento, es propio de quien se deja renovar por Él. No confundir esta actitud con el ser “veleta”, expresión que más bien se refiere a quien no tiene capacidad de discernimiento propio y, por eso, hace lo que le dicen los demás.

El fuego también nos trae la luz que nos permite reconocernos. Y esto puede aplicarse a varios niveles. Sólo de la mano de la luz de Dios podemos adentrarnos, sin desesperar, en los abismos de nuestro corazón. Sin esta luz podemos desanimarnos ante nuestros límites e impotencias.

Al mismo tiempo, a la luz de la acción divina, podemos reconocernos entre nosotros. El fuego, en medio de la noche, es una invitación a reunirnos en círculo, mirándonos las caras (qué distinto a las luces de la TV…), protegiéndonos del frío mientras más cerca permanezcamos.

 

  • ¿Puedo identificar los momentos de cambio que el Espíritu provocó en mi vida?
  • ¿Me dejo guiar por el Espíritu en el conocimiento de mi corazón?
  • ¿Podemos identificar cambios en nuestra familia, grupo o comunidad, o la notamos estancada?
  • ¿Dejamos que el Espíritu purifique nuestras faltas contra la unidad?

 

El Viento

Y el Señor hizo retroceder el mar con un fuerte viento del este, que sopló toda la noche y transformó el mar en tierra seca (Ex 14,21).

Otra muestra de una imagen de la Biblia que describe la presencia y el actuar de Dios en la forma de una fuerza de la naturaleza. Un fuerte viento se agitaba sobre las aguas en medio de las tinieblas cuando se oyó la voz de Dios que dio comienzo a la creación. También fue el soplo de Dios sobre una imagen de barro el que dio vida al primer hombre.

A través de estas metáforas, el viento se convierte fácilmente en un elemento capaz de evocar el ser divino. Podemos decir que se lo percibe como una fuerza invisible. Descubrimos su presencia a través de sus efectos. No es posible apresarlo, ni atesorarlo, y nos resulta inmanejable. No podemos disponer de él a nuestro antojo.

No es difícil aplicar estas características al Espíritu de Dios. Si, por un lado, no es sencillo decir quién es el Espíritu Santo, por otro, se puede constatar su acción en la vida de aquellos que se dejan transformar por Él. El Espíritu transforma y transfigura de tal modo la vida del hombre, opera un cambio tan profundo en su ser, que no puede pasar inadvertido.

 

  • Escribe una experiencia en la que descubriste tus dones y tus posibilidades.
  • Escribe un hecho en el que hayas experimentado superación.
  • ¿Cuáles son los dones de nuestra familia, grupo o comunidad? (De acuerdo con quienes estén realizando esta Vigilia).
  • Identifiquemos una ocasión en la que se pusieron de manifiesto.

 

Trabajo personal

Lee, si es posible más de una vez, el siguiente cuento:

Una mujer estaba agonizando. De pronto, tuvo la sensación de que era llevada al cielo y presentada ante el Tribunal.

-“¿Quién eres?”, dijo una Voz.

-“Soy la mujer del alcalde”, respondió ella.

-“Te he preguntado quién eres, no con quién estás casada”.

-“Soy la madre de cuatro hijos”.

-“Te he preguntado quién eres, no cuántos hijos tienes”.

-“Soy una maestra de escuela”.

-“Te he preguntado quién eres, no cuál es tu profesión”.

Y así sucesivamente. Respondiera lo que respondiera, no parecía poder dar una respuesta satisfactoria a la pregunta “¿Quién eres?”.

-“Soy una cristiana”

-“Te he preguntado quién eres, no cuál es tu religión”.

-“Soy una persona que iba todos los días a la iglesia y ayudaba a los pobres y necesitados”.

-“Te he preguntado quién eres, no lo que hacías”.

Evidentemente, no consiguió pasar el examen, porque fue enviada de nuevo a la tierra. Cuando se recuperó de su enfermedad, tomó la determinación de averiguar quién era. Y todo fue diferente.

(Anthony de Mello, La oración de la rana)

Reflexión

Si alguien quiere darse a conocer, primero tiene que conocerse.

No es tan fácil responder a la pregunta del cuento. Nuestro fondo más verdadero sólo es conocido plenamente por Dios. Vamos descubriendo quiénes somos a medida que vivimos. Podría decirse que vamos construyendo nuestra identidad a lo largo de la vida, ya que nunca estamos acabados. Por eso, esta vigilia de oración es un espacio muy apropiado para volver la mirada también sobre nosotros, y escuchar la voz del Espíritu que se manifiesta en el misterio que somos.

  • ¿Por qué la mujer del cuento no acierta con la respuesta?
  • ¿Encuentro una división entre lo que hago en mi vida y lo que soy?
  • Recuerda una experiencia de encuentro con tu interioridad.
  • Hemos reflexionado sobre los símbolos que identifican al Espíritu de Dios; ahora elabora un símbolo que exprese tu identidad.

 

Bloque 2: Jesús nos habla del Espíritu

Duración: 30 min

El Espíritu de Dios que en el Antiguo Testamento se manifestaba a través de símbolos, a partir de la venida de Jesús es presentado de un modo absolutamente novedoso. Jesús nos habla de su Espíritu. Por eso lo describe con los rasgos y acciones propios de una persona. El Espíritu no es “algo” (fuego, viento, luz), sino “alguien” que actúa con determinadas características.

Veamos algunas de ellas.

(Se puede elegir alguna de las cualidades para profundizarla o todas. También pueden repartirse entre quienes participen, para compartirlas al final.)

 

El Espíritu nos defiende

Yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes. No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes (Jn 14,16).

Aparece aquí una palabra griega que puede sonarnos un poco rara: Paráclito. Tiene varios significados, entre los que destacamos “abogado”, “protector”, “defensor”. De esta manera Jesús nos revela algo muy hermoso: el Espíritu de Dios está de nuestro lado. Más que asociar a Dios la figura del juez, es necesario descubrirlo como Defensor.

Por eso muchas veces necesitamos que Él conduzca nuestra mirada a la hora de juzgar nuestra vida. No es raro que cada uno resulte ser el peor juez de sí mismo. El nivel de autoexigencia que solemos imponernos tiene como consecuencia una permanente insatisfacción de nosotros mismos.

Pensémoslo así: ¿Qué madre dudaría en defender a un hijo en peligro? Imaginemos, entonces, con cuánto mayor fervor nos defiende el infinito amor del Espíritu de Dios. No está de más preguntarnos si esta confianza anima nuestra relación con el Señor, porque con frecuencia encontramos que una catequesis deficiente puede desfigurar la imagen que tenemos de Dios. Hasta puede pasar que el miedo se filtre en nuestro trato con Él, como si no termináramos de creer en su Amor. Por eso nos hace bien detenernos en esta característica que Jesús destaca en su Espíritu.

  • Para rezar

Igualmente, el mismo Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad porque no sabemos orar como es debido; pero el Espíritu intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras (Rom 8,26).

  • ¿Qué es lo que me impide y qué es lo que me ayuda a confiar en Dios?
  • ¿Cómo encontramos este Espíritu en nuestra familia, grupo o comunidad?

 

El Espíritu nos consuela

Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó a las orillas del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto, donde fue tentado durante cuarenta días. Una vez agotadas todas las formas de tentación, Jesús volvió a Galilea con el poder del Espíritu y su fama se extendió en toda la región (Lc 4,1-2.13-14).

San Lucas es el evangelista que muestra con más claridad la íntima participación del Espíritu Santo en la misión de Jesús. De alguna manera, se nos presenta así el modelo de la vida de todo cristiano: Un camino de crecimiento en el que, si bien no faltan las dificultades, tenemos la certeza de ser conducidos por el Espíritu.

Y esta cercanía se manifiesta de un modo especial en el consuelo de Dios, que no debemos confundir con “no tener problemas”. Precisamente, porque atravesamos tormentas necesitamos el apoyo del Espíritu. La fuerza para enfrentar las dificultades, el ánimo que damos al que sufre, la perseverancia en la búsqueda del bien y del amor, son algunos de los signos del Espíritu en nosotros. El que profetiza da a los demás firmeza, aliento y consuelo, nos dice San Pablo.

Retomemos el ejemplo de la madre: Las palabras que dice a su hijito que llora porque se rompió su juguete preferido, no solucionan la situación. Sin embargo, ella no puede dejar de decirlas y el nene no puede dejar de esperarlas. Resulta sanadora su presencia y su compañía, más allá del arreglo del problema que, a esta altura, ha pasado a un segundo plano. “Alguien se ocupa de mí, a alguien le importa mi sufrimiento, no estoy solo”, es la experiencia del que se siente consolado.

El consuelo que el Espíritu nos ofrece no consiste en evitarnos dificultades sino en asegurarnos su compañía, descubriendo que nuestro dolor no le resulta indiferente.

Para rezar

Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordia y Dios de todo consuelo, que nos conforta en todas nuestras tribulaciones, para que nosotros podamos dar a los que sufren el mismo consuelo que recibimos de Dios (2 Cor 1,3).

  • ¿En qué momentos de mi vida necesité ser consolado por Dios?
  • ¿Cómo experimentamos ese consuelo en nuestra familia, grupo o comunidad?

 

El Espíritu nos une

De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse. Había en Jerusalén judíos piadosos, venidos de todas partes del mundo. Con gran admiración decían: ¿Cómo es que cada uno de nosotros los oye en su propia lengua?” (Hech 2,2-5.8).

Hasta la resurrección, el peso de la responsabilidad salvadora estuvo sobre los hombros de Jesús, pe-ro a partir de ella quiso compartirlo con la comunidad. Los discípulos deben “proclamar el evangelio por todas partes”, siendo testigos “hasta los confines del mundo”.

El libro de los Hechos de los Apóstoles nos recuerda la actuación del Espíritu entre los primeros discípulos de Jesús. A partir del día de Pentecostés, el Espíritu empezó a actuar de un modo visible. Y su primera gran señal es la unidad. Gracias a la presencia del mismo Amor en el corazón de los hombres es posible comunicarnos. Este signo es mucho más importante que otros milagros más “espectaculares”.

En primer lugar, la unidad se manifiesta en la formación de la comunidad. Incluso, la oración de Jesús la presenta como un testimonio ante el mundo: “Que to-dos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea” (Jn 17,21). El Espíritu guía a los misioneros, les da fuerza y carismas; da a los convertidos el conocimiento de Dios, capacidades nuevas para obrar, sanar y servir. En otras palabras, el Espíritu construye la Iglesia.

Pero esto es sólo el principio del plan divino. “Dios, nuestro Salvador… quiere que todos los hombres se salven” (1Tim 2,4), nos dice San Pablo. He aquí la expresión más simple y acabada del deseo más íntimo de Dios. Este es el motivo más sólido de la esperanza cristiana: Su confianza inquebrantable en el Dios cu-yo designio amoroso está sostenido y garantizado por su deseo, su anhelo, su querer encontrarse con todos los hombres.

  • Para rezar

El fruto del Espíritu es: Amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y prudencia. Si vivimos animados por el Espíritu, dejémonos conducir también por él. No busquemos la vanagloria, provocándonos los unos a los otros y envidiándonos mutuamente (Gal 5,22-26).

  • ¿Qué frutos necesito pedir al Espíritu?
  • ¿Cuáles son los frutos que encontramos en nuestra familia, grupo o comunidad?

 

 

Para terminar

 

  • Compartimos un canto (puede ser el que prefieran)

Necesito de ti (Espíritu Santo)

Pueden escucharla en: https://www.youtube.com/watch?v=CUN4eKjfzFw

(CD Cuando habla el corazón, Fabiola Torrero Esteban, stj,
Producción y Distribución para América latina: Editorial Claretiana, 2012)

  • Se puede poner en común cada momento reflexionado o elegir alguno en particular.
  • Para terminar, retomen el símbolo con el que se han identificado en el Bloque 1 y, si no lo han hecho, piensen qué fruto necesita, cada uno, pedir al Espíritu.
  • Juntos, compartan la siguiente oración, que inicia con la plegaria que nos dejó san Pablo VI:

Espíritu Santo,

Tú que llenas de fuego el corazón de los que buscan a Jesús.

Tú que iluminas la mente de los pobres que escuchan la Palabra.

Tú que reúnes en tu amor a quienes se esfuerzan por amar,

siguiendo el ejemplo de Jesús.

Nosotros no sabemos cómo orar, ni qué pedir.

Pero Tú conoces nuestros deseos y suples nuestra pobreza.

Reafirma en nuestros corazones la certeza del amor del Padre,

la seguridad de ser hijos suyos.

Confírmanos en tu luz y tu amor.

 

Y hoy, especialmente, nos presentamos ante ti

como el/la…………………………………….
(cada uno nombra el símbolo).

Te pedimos que hagas crecer en nosotros ……………………………………………
(cada uno nombra los frutos),
para que juntos sembremos semillas de paz y unidad

y seamos siempre un Iglesia en salida,

comprometida con el cuidado de nuestra Casa Común.

Amén.

 

 

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