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El Evangelio y la vida – Domingo de la Santísima Trinidad

Te proponemos varios recursos para vivir la pascua en casa, a solas o con los seres queridos. Para compartir en familia, para

 

Es el Espíritu Santo, enviado por el Padre y el Hijo, quien transforma nuestros corazones y nos hace capaces de entrar en la comunión perfecta de la Santísima Trinidad, donde todo encuentra su unidad. Él construye la comunión y la armonía del Pueblo de Dios. El mismo Espíritu Santo es la armonía, así como es el vínculo de amor entre el Padre y el Hijo[93]. Él es quien suscita una múltiple y diversa riqueza de dones y al mismo tiempo construye una unidad que nunca es uniformidad sino multiforme armonía que atrae (EG 117).

 

 

Domingo de la Santísima Trinidad

LECTURAS

Éx 34, 4b-6. 8-9 | Sal Dn 3, 52-56 | 2Cor 8, 14-17

Jn 3, 16-18

Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

 

REFLEXIÓN

¡Tanto amó Dios al mundo!

Este domingo de la Trinidad se puede decir que marca el final de las celebraciones más importantes del año litúrgico. Adviento y Navidad traen consigo la primera pascua: el Nacimiento de Jesús. Cuaresma y Semana Santa nos llevan a la segunda pascua: la Resurrección de Jesús. Y los cincuenta días de Pascua nos guían hacia Pentecostés, la tercera pascua, la venida del Espíritu Santo. Se ha culminado así el proceso de la revelación de Dios, que se nos ha manifestado en Jesús. A través de sus palabras, de sus acciones y de su estilo de vida, nos ha revelado al Padre. Y cuando él desaparece de este mundo, nos envía su Espíritu Santo para que siga alentando en nuestros corazones el mismo fuego que nos dejó su presencia.

Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. No es cuestión de entrar en discusiones teológicas. Pero sí de dejar que llegue a nuestro corazón un mensaje claro: Dios es amor. Y no es otra cosa. Padre, Hijo y Espíritu Santo son relación de amor entre ellos. Y en ese amor viven en la más perfecta unidad que pueda imaginarse. Tanto que son un solo Dios.

Y lo que es más: ese amor se vuelve hacia nosotros. En Jesús se nos revela el amor del Padre y el Espíritu nos ayuda a reconocerlo con nuestra mente y con nuestro corazón. Hay que volver a leer el texto del evangelio de Juan: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único. Es decir, se entregó a sí mismo. Se dio totalmente por nosotros. Sin medida. Sin condiciones. ¿Cómo es posible que haya gente que todavía piense que Dios anda persiguiéndonos para castigarnos, para ponernos dificultades y piedras en el camino, para condenarnos incluso? Hay que repetir muchas veces ese texto: Tanto amó Dios al mundo… Y dejar que nos llegue adentro ese cariño inmenso de Dios y darnos cuenta de la incongruencia que supone pensar que Dios pueda estar planificando nuestra condenación o que pueda tener pensada la destrucción de este mundo y de muchos de sus hijos. Dios, lo dice también el evangelio de hoy, quiere que el mundo se salve.

Pero ¿nos dejaremos salvar? Porque también es verdad lo que dice la primera lectura del libro del Éxodo: que somos un pueblo de cerviz dura, que a veces no somos capaces de aceptar la mano que Dios nos tiende para salvarnos. Hoy es tiempo de volver nuestros ojos a lo alto y reconocer que Dios está ahí, siempre deseoso de darnos una mano, de ayudarnos, de sacarnos de los peligros, de perdonarnos (generalmente nos cuesta mucho perdonarnos a nosotros mismos y por eso nos cuesta también aceptar el perdón de Dios). Levantemos los ojos y nos daremos cuenta de que el Dios del amor y de la paz está con nosotros (segunda lectura). Para siempre. ¿No es tiempo de darle las gracias?

¿Pienso a veces que Dios me está castigando o que no me va a perdonar por algo que hice? ¿Está de acuerdo eso con lo que hoy nos dice el evangelio? ¿Soy capaz de perdonarme a mí mismo y a mis hermanos como Dios me perdona? Podría aprovechar un momento de silencio para darle gracias por su amor.

(Y la Palabra se hizo fiesta, Fernando Torres, cmf, Editorial Claretiana, 2006)

 

ORACIÓN

Barro y vasija

Gracias, Señor, por éste regalo,

de ser también canto y vasija,

siempre distinto si canto,

vasija que sigues formando.

Gracias, Señor, por éste regalo,

de ser también canto y vasija,

siempre distinto si canto,

vasija que sigues creando, en tus manos,

siempre empezando y siempre acabado.

 

Gracias por la libertad de ser artista en mi cacharro,

que sólo busca en ti su imagen, que busca en ti, lo más amado.

 

LIBERTAD PARA QUERERTE

CON TODA LA FUERZA DE LO HUMANO.

LIBERTAD PARA DECIRTE QUE SÓLO TÚ.

PUEDES SEGUIR TRANSFORMANDO MI BARRO. (Bis)

 

(CD Cuando habla el corazón, Fabiola Torrero Esteban, stj,
Producción y Distribución para América latina: Editorial Claretiana, 2012)

Pueden escucharlo haciendo click aquí

Para rezar a solas o en comunión con nuestros seres queridos

Santísima Trinidad, Tú habitas en nosotros como creador, redentor y santificador. Pero estando en tu divina gracia, esa presencia es infinitamente más maravillosa, porque habitas en nosotros como amigo íntimo y todas nuestras acciones nos acercan cada vez más a esta intimidad amorosa y a un conocimiento más profundo de la vida eterna. Danos la gracia de participar siempre de tu Amor. Así sea.

(365 días con el Espíritu Santo, Florentin Brusa, Editorial Claretiana, 2004)

 

Santísima Trinidad en la Sagrada Familia

Exaltamos llenos de júbilo a la Trinidad Santísima que brilla humilde y escondida en la Sagrada Familia. Mientras el Espíritu Santo obra la Encarnación en el interior de María (que es pura disponibilidad, puro dejar hacer lo que Dios quie­re), el Padre –representado en ese “Ángel de Dios”– hace todos los arreglos exteriores con san José (que es pura obediencia, es apenas levantarse y estar haciendo lo mandado). Y todos giran en torno al Niño Jesús, el Hijo predilecto del Padre, el Ungido por el Espíritu Santo, el esperado de las Naciones. El que vino a salvar a su pueblo de los pecados. El que viene todos los días a estar con nosotros en cada Eucaristía. Jesús, en quien creemos y al que esperamos hasta que vuelva.

(El verdadero poder es el servicio, Jorge Bergoglio -Papa Francisco-, Editorial Claretiana, 2da ed., 2013)

 

Bendición de la mesa con el Espíritu Santo

Señor y Padre bueno, queremos que vengas hoy a nuestra casa.

Hazte presente en nuestra mesa y bendice nuestro pan.

Danos la sabiduría para sorprendernos con las maravillas de tu creación.
Somos tus hijos, hechos a tu imagen.

Concédenos la inteligencia y el entendimiento para encontrar en tu Palabra de vida
las respuestas a las urgencias de este mundo.

Que en nuestros labios esté el consejo desinteresado que guíe a nuestros hermanos
a descubrir tu voluntad en sus vidas.

Que tengamos la fortaleza en el corazón para permanecer firmes en la fe y en nuestros ideales.

Que el don de la ciencia nos ayude a ver y valorar con rectitud las cosas creadas,
reflejo de su amor.

Que habite en nosotros el don de la piedad, para que nuestro corazón se entibie
y se compadezca ante las necesidades de nuestros hermanos.

Ayúdanos a entender que el santo temor no es temerte; sino sabernos dignos de ti, Señor.

Bendícenos, Padre nuestro,
en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

(Rezamos en familia junto al papa Francisco, Lorena A. Piñeiro,
Editorial Claretiana, 2016)

 

Oración para los momentos difíciles

Señor Jesús, tú estás en la barca de mi vida,

yo hoy me hago el propósito de que cuando

lleguen las tormentas de las contrariedades, y yo

sea tentado con la angustia y la amargura, en

esos momentos recuerde tu nombre y te invoque,

porque en el poder de tu nombre se desvanecen

todas las tempestades.

Señor, aunque yo pensaba que tenía fe,

ahora comprendo que necesito de tu gracia para

que esta crezca y madure, porque en muchos

aspectos me parezco a tus discípulos, ya que yo

también me acobardo y cuando aparecen las

contrariedades y los problemas pierdo la paz.

Te suplico que el poder espiritual de esta oración

y del santo rosario me ayude a tener fe,

y a superar las reacciones negativas.

Que en los mares tormentosos de ciertos

acontecimientos yo actúe desde la fe, recordando

que tú eres mi Padre, que con infinita ternura vela

sobre mí. Que la fe me ayude a percibir tu mano

amorosa detrás de todo, y me ayude a comprender

que tú solo buscas mi bien.

Reconozco, Jesús, que el temor no es un buen

consejero y no me ayuda. Tú muchas veces dijiste:

¡No tengan miedo! Por eso te pido que la gracia

del Espíritu Santo traiga la calma al agitado

mar de los turbulentos acontecimientos exteriores

y a las olas tormentosas que se alzan en mi alma.

En esos momentos de turbulencia, que tu

Espíritu me recuerde que debo mirarte a ti, Señor,

y contemplar tu rostro y tu poder dentro de mí.

Y que al ver tus maravillas, mi alma se llene de

estupor, de paz y de esperanza por un nuevo encuentro

contigo y porque la paz suscita un nuevo

amanecer en mi interior y a mi alrededor.

Amén.

(Rosario para superar las tormentas de la vida y recuperar la paz interior, Gustavo Jamut, Editorial Claretiana, 2016)

 

GESTO

Captar el misterio del amor de Dios; en personas, acontecimientos, culturas, naturaleza. También, dolores. Así como mirar es ver poniendo atención, contemplar es mirar captando este misterio de amor derramándose, actuando. Contemplar es captar cómo Dios está actuando. Y en este tiempo del Espíritu, en este tiempo post-Pentecostés, contemplar es ver cómo está el Espíritu del Padre y del Hijo, actuando en la historia, en las vidas, en los procesos, en los vínculos.

(Santa Resiliencia, Eduardo Meana Laporte, Editorial Claretiana, 2019)

 

Hoy, nuestro gesto, haciéndose eco de lo que nos proponen los textos, será contemplar y agradecer.

Estar “aislados” no significa, necesariamente, disponer de más tiempo, ni aprovecharlo mejor. Los invitamos a encontrar un momento para frenar, a solas o quienes queramos, y contemplar la acción de Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, en este tiempo particular. Pedir todo aquello que anhela nuestro corazón y, sobre todo, dar gracias por lo que hayamos descubierto, poniéndolo en palabras y en obras.

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