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El Evangelio y la Vida – 3º Domingo de Pascua

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Te proponemos varios recursos para vivir el tiempo de Pascua en casa, a solas o con los seres queridos. Para compartir en familia, con amigos, en tu grupo o comunidad, desde donde a cada uno le toque vivir y transitar este momento.

Te recuerdo la buena noticia que nos regaló la mañana de la Resurrección: que en todas las situaciones oscuras o dolorosas hay salida (Christus vivit, 104).

Si Él vive eso es una garantía de que el bien puede hacerse camino en nuestra vida, y de que nuestros cansancios servirán para algo. Entonces podemos abandonar los lamentos y mirar para adelante, porque con Él siempre se puede. Esa es la seguridad que tenemos. Jesús es el eterno viviente. Aferrados a Él viviremos y atravesaremos todas las formas de muerte y de violencia que acechan en el camino (Christus vivit, 127).

Domingo III de Pascua


 

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LECTURAS


Hch 2, 14. 22-33 | Sal 15, 1-2a. 5. 7-11 | 1Pe 1, 17-21
EVANGELIO: Lc 24, 13-35

Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido. Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: ¿Qué comentaban por el camino? (…) ¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días! ¿Qué cosa?, les preguntó. Ellos respondieron: Lo referente a Jesús, el Nazareno. (…) Jesús les dijo: ¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! (…) Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba. El entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista. (…) En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón! Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

 

REFLEXIÓN


40. LO RECONOCIERON AL PARTIR EL PAN (Lc 24, 13-35)

El mismo día de la resurrección dos discípulos, que no eran de los Doce, caminaban hacia la aldea de Emaús, situada a unos 11-12 kilómetros de Jerusalén. Volvían a sus pasadas ocupaciones; se iban porque ya no había ningún motivo para seguir junto a los demás. Jesús había muerto y con él todas sus ilusiones. Por eso se alejan de Jerusalén como derrotados para volver a sus casas. A pesar de todo lo que Jesús les ha enseñado y de su conocimiento de las Escrituras, consideran la cruz como un fracaso ignominioso para Jesús. Aun así, siguen pensando en él, hablando de él.

Se habla de aquello que se ama y se busca lo que se ama. Por su parte, Jesús ha rezado por ellos y desde siempre los lleva en el corazón. Es precisamente entonces que el resucitado se les hace presente. Hay muchos bautizados también hoy que se alejan de la Iglesia desalentados. No han tenido en ella la experiencia del Cristo resucitado, vivo.

Jesús toma la iniciativa, se acerca a ellos y los acompaña (24, 15). Es el buscador de ovejas perdidas, el samaritano que venda las heridas del que encuentra tirado al borde del camino. Se pone a caminar con ellos, sin decir nada, discreto y respetuoso, como un compañero de ruta (quizás un peregrino que vuelve de las fiestas de Pascua). Tan discreto que ellos no se sienten obligados a bajar la voz o a cambiar discurso. No lo reconocen y ni siquiera les interesa saber quién es; siguen hablando de sus fracasos y desgracias. Están encerrados en sí mismos; por eso no descubren a Jesús detrás de ese peregrino que camina a su lado. Ellos tienen la idea de un Mesías victorioso y triunfante sobre los grandes poderes del mundo; por eso ni se dignan darle la palabra al desconocido. Jesús los escucha; es como el médico que quiere que el enfermo destape todas sus heridas para curarlas. El relato de los discípulos termina con la muerte cruel de Jesús sobre una cruz; para ellos no hay todavía resurrección. Después de haberlos escuchado a lo largo de varios kilómetros, Jesús retoma la iniciativa, les hace preguntas para estimularlos a que gradualmente salgan de su encierro. Trata después de sacudirlos como para despertarlos de su ceguera (24, 25) y empieza a explicarles las Escrituras y cómo era necesario que el Mesías padeciera para entrar en su gloria (24, 26). Por fin los dos discípulos se callan, dejan de discutir entre ellos y se ponen a escucharlo. Se dan cuenta de la ligereza y la superficialidad con la que habían leído las Escrituras que ellos creían conocer.

Jesús es el evangelizador que antes que nada comparte el camino, escucha, se interesa de la situación de las personas para desde allí darles una respuesta a sus dudas y angustias. No se impone, no quiere quemar etapas, respeta a las personas y busca su amistad. Viene después la etapa de la Palabra que hace arder el corazón (24, 32) de los discípulos. Mucha gente hoy también, alejada de la Iglesia, se prende sin embargo de la Palabra de Dios en pequeños grupos reunidos a domicilio. Con su Palabra, Dios se revela, nos habla, nos alienta y nos cuestiona, renueva su alianza con nosotros. Muchos piden que también las homilías de la misa dominical no sean tan aburridas y calienten más el corazón. Al alcanzar la meta de Emaús, los discípulos ruegan a Jesús para que se quede con ellos: quédate con nosotros porque ya anochece (24, 29). Se sienten pobres y necesitados de ayuda. Es debido a esta oración humilde y sincera que sale del corazón, que podrán reconocer a Jesús. Después de su resurrección Jesús no puede ser visto con los ojos del cuerpo. Aun manteniéndose idéntico a sí mismo, el cuerpo del resucitado se encuentra en un estado nuevo que modifica su figura exterior. A Jesús se lo reconoce sólo por la fe, después de haber orado; no es suficiente el conocimiento intelectual. Mientras estaba a la mesa con ellos, Jesús repite los gestos de la última cena. Lucas relata cuatro palabras que ya se usaban en la celebración de la eucaristía: tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió, se lo dio (24,30). La eucaristía es la última etapa del camino evangelizador y allí se les abren los ojos a los discípulos. La abundante escucha y meditación de la Palabra de Dios prepara y ayuda a comprender y a vivir la eucaristía, fuente y cumbre de la vida cristiana. Después de comer ese pan, Jesús desaparece porque ya está en el corazón de sus discípulos. Ellos sienten que no están solos y es tan grande su alegría que, como la samaritana que dejó el cántaro, ellos dejan la mesa para ir enseguida a anunciar la buena noticia a los hermanos. Al finalizar actualmente la misa dominical hay una invitación: “Podemos ir en paz”, que puede significar para muchos la invitación a ir a descansar. Por el contrario, litúrgicamente hay un envío misionero al final de la misa. Vayan… (Mt 28,19); son las palabras finales de Cristo a sus apóstoles. Los discípulos de Emaús acaban además de darse cuenta de que les falta la comunidad; se sienten impulsados interiormente a volver a integrarse a la comunidad. Han reconocido a Jesús al partir el pan (24, 35), en ese gesto comunitario; es un pan que debe ser compartido entre los hermanos de la Nueva Familia. Ya es de noche y a la luz de una antorcha vuelven enseguida a Jerusalén. Lucas quiere enseñar a todos que a Jesús resucitado se lo encuentra ahora en el hermano que peregrina a nuestro lado, en la Palabra de Dios, en la eucaristía, en la comunidad cristiana.

(¿Comprendes lo que lees?, Primo Corbelli, Editorial Claretiana, 2013)

ORACIÓN


Si quieres, te acompaño en el camino
(Fragmento)

Escucha profecías, peregrino,

no seas testigo de desesperanza.

Es hora de que levantes la cabeza

y, aunque anochece, alientes la confianza.

Pues es posible ver de otra manera

la trama que se te hizo tan confusa.

¿No ves el hilo de oro de la pascua

que rediseña todo lo que cruza?

¿No ves que desde dentro de las muertes

la muerte fue implotada y ya no mata?

Y se revela el nombre de la vida:

y el nudo que te ataba te desata.

Partir juntos el pan en nuestra mesa

Descifra quiénes somos y seremos.

La Pascua nos irrumpe, amor de amores,

Lo más vivo venciendo lo más muerto.

 

Si quieres, te acompaño en el camino

Si quieres, hoy me quedare contigo. (2)

(CD La Otra Mirada -vol IV-, Eduardo Meana, Cancionero Salesiano, 2000)
Pueden escucharlo en https://www.youtube.com/watch?v=JqMlXUWToeg
También disponible en Spotify: https://open.spotify.com/search/si%20quieres%20te%20acompa


Para rezar a solas o en comunión con nuestros seres queridos

INVITACIÓN INICIAL A EMPEZAR JUNTOS EN MEMORIA ORANTE Y AGRADECIDA

En diálogo con el Señor

Te propongo que ya desde este primer párrafo, tú que lees, aproveches la memoria que hago, para hacer tu agradecida memoria de fe; y no apurarte, sino hacer tu propio viaje a tu corazón, a tu referencia básica, a tu centro, a tu amor de Fuente, con tus palabras y sentimientos; pues todo este libro nos servirá, si es para unión con Dios tuya y de quienes acompañas.

(…) Callado y quieto, sabiéndome bajo las alas de una Bondad presente, sólida, que me conoce. Siendo yo, simplemente, uno de los que sabemos algo del camino, tan lastimados. Uno de los que se dan cuenta de haber recibido tu don: ser acompañado y cobijado, protegido y cuidado. Porque miro hacia atrás, cierro los ojos y me doy cuenta. Cierro los ojos y me doy cuenta de que en algún quiebre oscuro me desvalijaron, me lastimaron. Porque el duro camino de la vida, como a mis hermanos, me puso en el borde del ser. Y por eso hoy comienzo “re-cordando” que tú me acompañaste. Me curaste en el camino. Que saliste al camino, tú, Amor más allá de las palabras. Y al reconocerte, al revelarte en mi existencia, puedo confesar tu nombre: saliste al rescate de los que estábamos perdidos, porque eres el amor de Dios que sale al encuentro del hombre, tú, Jesucristo. Dios-que-sales-al-encuentro. (…)

(Si quieres, te acompaño en el camino, Eduardo Meana Laporte, Editorial Claretiana, 2018)

 

¿DE QUÉ HABLABAN POR EL CAMINO?

Hablamos de todo, Señor. Hablamos del cielo y de la tierra, del pasado y del futuro. Hablamos y hablamos, como si el mundo necesitara de nuestras palabras y no de nuestras acciones. Hablamos de la caridad, sin mirar la mano que se extiende pidiendo ayuda. Hablamos de la fe, enredados en problemas menores que van desde el catecismo hasta el tarot. Hablamos de la esperanza, mientras tratamos de asegurarnos por las cuatro esquinas que tiene la vida. Hablamos de lo malo que está el mundo, pero no de que podemos ser mejores. Hablamos de tantas cosas, Señor, menos de lo que es fundamental: dar las gracias, coordinar esfuerzos, invitar a vivir, proclamar la alegría más allá de las quejas.

(Una palabra tuya, Agustín Cabré, Editorial Claretiana, 2015)

 

GESTO


Después de haber hecho memoria agradecida al Señor por estar con nosotros en cada momento, agradezcamos por todas aquellas personas que fueron y siguen siendo sostén, descanso, impulso en nuestro camino. Ahora, pensemos a quiénes nos toca acompañar este tiempo. A quién podemos llevar palabras de vida, mensajes de esperanza, gestos de cercanía, escucha silenciosa y respetuosa… ¿A quién le saldrás al encuentro hoy?

Si lo compartes en familia, los más chicos pueden participar del agradecimiento nombrando aquellas personas que sienten cerca y, luego, plasmarlo en algún gesto sencillo (un cartel, una carta, una foto, una tarjeta, etc.).

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