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El Evangelio y la Vida – 2º Domingo de Pascua

Destacada

Te proponemos varios recursos para vivir la pascua en casa, a solas o con los seres queridos. Para compartir en familia, para reenviar a tus amigos y para ayudar a quienes viven este tiempo de aislamiento con dificultad.

“Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase.
¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!” (EG, 3)

Domingo II de Pascua

LECTURAS


Hch 2, 42-47 | Sal 117, 2-4. 13-15. 22-24 | 1Pe 1, 3-9
EVANGELIO: Jn 20, 19-31

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: ¡La paz esté con ustedes! Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: ¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan. Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: ¡Hemos visto al Señor! Él les respondió: Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré. Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: ¡La paz esté con ustedes! Luego dijo a Tomás: Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe. Tomás respondió: ¡Señor mío y Dios mío! Jesús le dijo: Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!

 

REFLEXIÓN


FELICES LOS QUE CREAN SIN HABER VISTO 

Cuando el primer día, después del sábado (que se llamará “domingo”=día del Señor resucitado), Jesús se manifestó por primera vez a sus discípulos, Tomás no estaba con ellos (Jn 20, 24). Había desertado de la comunidad olvidando que Jesús había asegurado su presencia cuando los discípulos estuvieran reunidos en su nombre. No estando con los hermanos, tampoco encuentra al Señor. Jesús espera que el discípulo se reintegre a la comunidad; es un reproche indirecto y delicado a Tomás por no haber creído en el testimonio de los hermanos.

Efectivamente ocho días después, cuando la comunidad está reunida para celebrar la eucaristía, Cristo se manifiesta a Tomás mostrando sus llagas y proclama su última bienaventuranza: felices los que crean sin haber visto (Jn 20, 29). Al experimentar la presencia del maestro y al sentir que todavía lo ama, Tomás renuncia a la pretensión de tocar sus llagas y llega más lejos que nadie en su profesión de fe: ¡Señor mío y Dios mío! (Jn 20, 28).

Con este episodio se concluye el camino de fe de los apóstoles. Fue un camino difícil por lo que significó convencerse de que Cristo realmente había resucitado; tampoco se había creído en un primer momento al testimonio de María Magdalena y de las mujeres.

Las dudas no tienen nada de escandaloso; ayudan a buscar más en profundidad y nos rescatan de una fe superficial que se conforma con lo recibido y con repetir formulas tradicionales. La fe en la resurrección de Jesús no brotó de manera natural y espontánea en los apóstoles; lo primero que se recuerda de ellos es su desconcierto, su búsqueda, sus interrogantes. Cuando a los ocho días Jesús volvió a manifestarse a Tomás y a toda la comunidad, todavía las puertas de la casa estaban cerradas por el miedo. No fue sólo Tomás quien tenía dificultades para creer. La resurrección de Cristo llegó a ser gradualmente la comprobación real de toda la primera Iglesia, hasta que, animada por el Espíritu Santo, enfrentó toda clase de persecución y martirio para difundir en todo el mundo la buena noticia de la resurrección de Jesús.

Se habla de “apariciones” del resucitado, pero en realidad en el evangelio se dice que fue visto después de su muerte en encuentros sucesivos.

Lucas en 24, 36-42, quizás por ser médico, insiste en que no se trató de un fantasma sino de la presencia real de Jesús. Sin embargo Jesús se hacía presente estando cerradas las puertas (Jn 20, 26) ya no con el mismo cuerpo físico de antes. La Magdalena, los discípulos de Emaús, los discípulos en el lago de Tiberíades no lo reconocen enseguida.

Lucas y Juan quieren subrayar con fuerza la corporeidad de Cristo (el mismo que había sido crucificado), frente al escepticismo de los griegos que eran los destinatarios de sus evangelios. Los griegos no creían en la resurrección de los muertos, como demuestra la experiencia del apóstol Pablo en Atenas (Hch 17, 30-33). Por eso en Juan, Jesús invita a Tomás a tocar sus llagas y a meter la mano en su costado para que pueda ser identificado como el mismísimo Jesús. La de Jesús resucitado es una presencia externa, objetiva, trascendente, pero real. En el episodio de Tomás, además de subrayar la identidad entre el crucificado y el resucitado se invita a creer en el testimonio de los que lo han visto y escuchado después de su resurrección. El tema del texto es la fe que quiere “ver y tocar” al Señor. Pero hay un “ver y tocar” material (como lo pudieron hacer los contemporáneos de Jesús) que no significa nada si al mismo tiempo la persona no se adhiere a Jesús. En aquellos tiempos muchos tocaban a Jesús en medio del gentío (Mc 5, 30-34), pero sólo una pobre mujer que padecía derrames de sangre fue curada por su fe. A Jesús lo han visto y tocado también los que lo crucificaron. Por otra parte hay un “ver y tocar espiritual”, propio del que cree en Jesús y confía en él, para el que sólo le bastan sus palabras. Es la fe del centurión romano que repetimos al hacer la comunión en la misa: dí una sola palabra… (Lc 7, 7). El centurión, por ser pagano, no se sintió digno ni de acercarse a Jesús ni de recibirlo en su casa; le bastó su Palabra. Lucas se encarga de resaltar cómo María estaba unida a Jesús, no por los lazos físicos sino por escuchar y practicar la Palabra (Lc 8, 19-21). Los primeros cristianos nos han transmitido lo que han visto y oído; al experimentar la Palabra de Jesús y su presencia en la eucaristía y en la comunidad, nosotros también sentimos al resucitado cerca nuestro. El apóstol Pedro también nos felicita: ustedes aman a Jesús sin haberlo visto y creen en él sin verlo (1 Pe 1, 8) y nos preanuncia la felicidad futura del encuentro con él. Después de la resurrección, también los discípulos tuvieron que aprender a vivir sin su presencia visible; pero sentían que él estaba con ellos. Todos experimentaban paz y alegría; habían desaparecido los miedos. Al Señor que vive hay que buscarlo donde hay vida, donde hay hermanos alrededor de la mesa eucarística, donde vibra su Palabra y se practica el amor cristiano; allí Jesús está vivo y se advierte su presencia.

(¿Comprendes lo que lees?, Primo Corbelli, Editorial Claretiana, 2013)

ORACIÓN


El Espíritu los acompaña

Vendrás aquí, nos recordarás
las palabras que nos dijo Jesús.
Vendrás al fin, te necesitamos
¡VEN! ESPÍRITU SANTO ¡VEN! (bis).

(CD Volver a nacer, Fabiola Torrero Esteban, stj,
Producción y Distribución para América latina: Editorial Claretiana, 2012)

Pueden escucharlo en: https://www.youtube.com/watch?v=LvH01iBJnok&t=72s

 

Para rezar a solas o en comunión con nuestros seres queridos

Bendición de la mesa en el tiempo de Pascua

Eres el cordero, el pan y el vino.

Te entregas en esta Pascua para que vivamos por siempre.

Te pedimos que bendigas esta mesa (familiar).

Tu victoria sobre la muerte nos llena de esperanza
y le da un nuevo sentido a nuestro vivir.

Transfórmanos, Señor,

estamos tan sumidos en lo superfluo…

Despiértanos, Señor,

que veamos tu rostro en los hermanos.

Sálvanos, Señor,

pues queremos vivir junto a tu amor.

Que seamos pan de palabra,

alegría y resurrección para los que nos rodean.

Amén.

(Rezamos en familia junto al papa Francisco, Lorena A. Piñeiro,
Editorial Claretiana, 2016)

 

GESTO


“La Iglesia y la sociedad necesitan familias felices” (papa Francisco).

El tiempo de Pascua, es tiempo de fortalecer nuestra confianza y nuestra alegría. Intentemos contagiarla, buscando espacios para que cada miembro de la casa pueda hacer algo que disfrute mucho y pueda compartirlo con los demás.

Se puede preparar una canción, un video, un cartel, una historia y compartirla con algún ser querido que esté lejos, para regalarle un momento de alegría.

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