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El Evangelio y la Vida – Viernes Santo

 

LECTURAS

CELEBRACIÓN DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

Is 52, 13—53, 12 | Sal 30, 2.6.12-13.15-17.25 | Heb 4, 14-16; 5, 7-9

Pasión de nuestro Señor Jesucristo

Jn 18, 1—19, 42

Jesús fue con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón. Había en ese lugar una huerta y allí entró con ellos. Judas, el traidor, también conocía el lugar porque Jesús y sus discípulos se reunían allí con frecuencia. Entonces Judas, al frente de un destacamento de soldados y de los guardias designados por los sumos sacerdotes y los fariseos, llegó allí con faroles, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que le iba a suceder, se adelantó y les preguntó: ¿A quién buscan? Le respondieron: A Jesús, el Nazareno.

Él les dijo: Soy yo. Judas, el que lo entregaba estaba con ellos. Cuando Jesús les dijo: Soy yo, ellos retrocedieron y cayeron en tierra. Les preguntó nuevamente: ¿A quién buscan? Le dijeron: A Jesús, el Nazareno. Jesús repitió: Ya les dije que soy yo. Si es a mí a quien buscan, dejen que estos se vayan.

Así debía cumplirse la palabra que él había dicho: No he perdido a ninguno de los que me confiaste. Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja derecha. El servidor se llamaba Malco. Jesús dijo a Simón Pedro: Envaina tu espada. ¿Acaso no beberé el cáliz que me ha dado el Padre?

El destacamento de soldados, con el tribuno y los guardias judíos, se apoderaron de Jesús y lo ataron. Lo llevaron primero ante Anás, porque era suegro de Caifás, Sumo Sacerdote aquel año. Caifás era el que había aconsejado a los judíos: Es preferible que un solo hombre muera por el pueblo. Entre tanto, Simón Pedro, acompañado de otro discípulo, seguía a Jesús. Este discípulo, que era conocido del Sumo Sacerdote, entró con Jesús en el patio del Pontífice, mientras Pedro permanecía afuera, en la puerta. El otro discípulo, el que era conocido del Sumo Sacerdote, salió, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La portera dijo entonces a Pedro: ¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre? Él le respondió:

No lo soy. Los servidores y los guardias se calentaban junto al fuego, que habían encendido porque hacía frío. Pedro también estaba con ellos, junto al fuego. El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su enseñanza. Jesús le respondió:  He hablado abiertamente al mundo; siempre enseñé en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada en secreto. ¿Por qué me interrogas a mí? Pregunta a los que me han oído qué les enseñé. Ellos saben bien lo que he dicho.

Apenas Jesús dijo esto, uno de los guardias allí presentes le dio una bofetada, diciéndole: ¿Así respondes al Sumo Sacerdote? Jesús le respondió: Si he hablado mal, muestra en qué ha sido; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas? Entonces Anás lo envió atado ante el Sumo Sacerdote Caifás

Simón Pedro permanecía junto al fuego. Los que estaban con él le dijeron: ¿No eres tú también uno de sus discípulos? Él lo negó y dijo: No lo soy. Uno de los servidores del Sumo Sacerdote, pariente de aquel al que Pedro había cortado la oreja, insistió: ¿Acaso no te vi con él en la huerta? Pedro volvió a negarlo, y en seguida cantó el gallo.

Desde la casa de Caifás llevaron a Jesús al pretorio. Era de madrugada. Pero ellos no entraron en el pretorio, para no contaminarse y poder así participar en la comida de Pascua. Pilato salió adonde estaban ellos y les preguntó: ¿Qué acusación traen contra este hombre? Ellos respondieron: Si no fuera un malhechor, no te lo hubiéramos entregado. Pilato les dijo: Tómenlo y júzguenlo ustedes mismos, según la ley que tienen. Los judíos le dijeron: A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie. Así debía cumplirse lo que había dicho Jesús cuando indicó cómo iba a morir. Pilato volvió a entrar en el pretorio, llamó a Jesús y le preguntó: ¿Eres tú el rey de los judíos? Jesús le respondió: ¿Dices esto por ti mismo u otros te lo han dicho de mí? Pilato replicó: ¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes te han puesto en mis manos. ¿Qué es lo que has hecho? Jesús respondió: Mi realeza no es de este mundo. Si mi realeza fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi realeza no es de aquí. Pilato le dijo: ¿Entonces tú eres rey? Jesús respondió:

Tú lo dices: yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz. Pilato le preguntó: ¿Qué es la verdad? Al decir esto, salió nuevamente a donde estaban los judíos y les dijo: Yo no encuentro en él ningún motivo para condenarlo. Y ya que ustedes tienen la costumbre de que ponga en libertad a alguien, en ocasión de la Pascua, ¿quieren que suelte al rey de los judíos? Ellos comenzaron a gritar, diciendo: ¡A él no, a Barrabás! Barrabás era un bandido.

Pilato mandó entonces azotar a Jesús. Los soldados tejieron una corona de espinas y se la pusieron sobre la cabeza. Lo revistieron con un manto rojo, y acercándose, le decían: ¡Salud, rey de los judíos!, y lo abofeteaban. Pilato volvió a salir y les dijo: Miren, lo traigo afuera para que sepan que no encuentro en él ningún motivo de condena. Jesús salió, llevando la corona de espinas y el manto rojo. Pilato les dijo: ¡Aquí tienen al hombre! Cuando los sumos sacerdotes y los guardias lo vieron, gritaron: ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!

Pilato les dijo: Tómenlo ustedes y crucifíquenlo. Yo no encuentro en él ningún motivo para condenarlo.

Los judíos respondieron: Nosotros tenemos una Ley, y según esa Ley debe morir porque él pretende ser Hijo de Dios. Al oír estas palabras, Pilato se alarmó más todavía. Volvió a entrar en el pretorio y preguntó a Jesús: ¿De dónde eres tú? Pero Jesús no le respondió nada. Pilato le dijo: ¿No quieres hablarme? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y también para crucificarte? Jesús le respondió: Tú no tendrías sobre mí ninguna autoridad, si no la hubieras recibido de lo alto. Por eso, el que me ha entregado a ti ha cometido un pecado más grave.

Desde ese momento, Pilato trataba de ponerlo en libertad. Pero los judíos gritaban: Si lo sueltas, no eres amigo del César, porque el que se hace rey se opone al César. Al oír esto, Pilato sacó afuera a Jesús y lo hizo sentar sobre un estrado, en el lugar llamado el Empedrado, en hebreo, Gábata. Era el día de la Preparación de la Pascua, alrededor del mediodía. Pilato dijo a los judíos: Aquí tienen a su rey. Ellos vociferaban: ¡Que muera! ¡Que muera! ¡Crucifícalo! Pilato les dijo: ¿Voy a crucificar a su rey? Los sumos sacerdotes respondieron: No tenemos otro rey que el César.

Entonces Pilato se lo entregó para que lo crucificaran, y ellos se lo llevaron. Jesús, cargando sobre sí la cruz, salió de la ciudad para dirigirse al lugar llamado del Cráneo, en hebreo Gólgota. Allí lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado y Jesús en el medio. Pilato redactó una inscripción que decía: Jesús el Nazareno, rey de los judíos, y la hizo poner sobre la cruz. Muchos judíos leyeron esta inscripción, porque el lugar donde Jesús fue crucificado quedaba cerca de la ciudad y la inscripción estaba en hebreo, latín y griego. Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: No escribas: “El rey de los judíos”, sino: “Este ha dicho: Yo soy el rey de los judíos. Pilato respondió: Lo escrito, escrito está.

Después que los soldados crucificaron a Jesús, tomaron sus vestiduras y las dividieron en cuatro partes, una para cada uno. Tomaron también la túnica, y como no tenía costura, porque estaba hecha de una sola pieza de arriba abajo, se dijeron entre sí: No la rompamos. Vamos a sortearla, para ver a quién le toca.

Así se cumplió la Escritura que dice: Se repartieron mis vestiduras y sortearon mi túnica. Esto fue lo que hicieron los soldados.

Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: Mujer, aquí tienes a tu hijo. Luego dijo al discípulo: Aquí tienes a tu madre. Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.

Después, sabiendo que ya todo estaba cumplido, y para que la Escritura se cumpliera hasta el final, Jesús dijo: Tengo sed. Había allí un recipiente lleno de vinagre; empaparon en él una esponja, la ataron a una rama de hisopo y se la acercaron a la boca. Después de beber el vinagre, dijo Jesús: Todo se ha cumplido.

E inclinando la cabeza, entregó su espíritu.

 

Era el día de la Preparación de la Pascua. Los judíos pidieron a Pilato que hiciera quebrar las piernas de los crucificados y mandara retirar sus cuerpos, para que no quedaran en la cruz durante el sábado, porque ese sábado era muy solemne. Los soldados fueron y quebraron las piernas a los dos que habían sido crucificados con Jesús. Cuando llegaron a él, al ver que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con la lanza, y en seguida brotó sangre y agua.

El que vio esto lo atestigua: su testimonio es verdadero y él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean. Esto sucedió para que se cumpliera la Escritura que dice: No le quebrarán ninguno de sus huesos. Y otro pasaje de la Escritura, dice: Verán al que ellos mismos traspasaron.

Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús -pero secretamente, por temor a los judíos- pidió autorización a Pilato para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se la concedió, y él fue a retirarlo. Fue también Nicodemo, el mismo que anteriormente había ido a verlo de noche, y trajo una mezcla de mirra y áloe, que pesaba unos treinta kilos. Tomaron entonces el cuerpo de Jesús y lo envolvieron con vendas, agregándole la mezcla de perfumes, según la costumbre de sepultar que tienen los judíos. En el lugar donde lo crucificaron había una huerta y en ella, una tumba nueva, en la que todavía nadie había sido sepultado. Como era para los judíos el día de la Preparación y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.

 

REFLEXION

Iglesia, comunidad en torno a la Cruz

Deberíamos escuchar el relato de la Pasión de Jesús con la misma devoción con que antiguamente los hijos escuchaban a los abuelos contar las tradiciones de la familia. Aquellos relatos daban un sentido a su existencia como familia. Del mismo modo, los cristianos estamos unidos, apiñados, en torno a Jesús. Y el relato de su muerte en la Cruz es una parte importantísima de su vida. Da luz y sentido a todo lo que hizo y dijo Jesús antes y a lo que fue después para los discípulos. La comunidad primera se constituyó en torno a la memoria de la cruz de Jesús y a la experiencia de que el Crucificado había resucitado. O, lo que es lo mismo, que el Resucitado era el Crucificado. Por eso, se trata de nuestro relato fundacional más importante. En torno a la Cruz nace nuestra comunidad, nace la Iglesia. Cada año escuchamos las mismas palabras, hacemos los mismos gestos de adoración de la Cruz. Así nos reencontramos con la fuente y el origen de nuestra comunidad, con nuestra razón de ser. Por eso, conviene levantar los ojos y mirar a la Cruz sin miedo para saber realmente qué es lo que pasó allí.

Pues bien, lo que sucedió en aquel primer Viernes Santo fue la ejecución de un inocente precisamente en nombre de Dios. Aquel día, el que había predicado tanto sobre Dios como el Padre que ama a todos, que está siempre lleno de misericordia y compasión, fue entregado a la muerte. Y hay que repetirlo: precisamente en nombre de Dios. La paradoja es que fue cabalmente de aquella muerte de donde brotó la corriente de vida que nos vivifica. La comunidad cristiana nace de la cruz de Jesús y en torno a la cruz encuentra siempre su sentido, tantas veces perdido y reencontrado a lo largo de la historia.

En Jesús se personifica la muerte de todos los inocentes. En Jesús se nos hace visible la injusticia que es capaz de matar y de justificar sus acciones en el nombre del Dios de la Vida. Nuestra comunidad cristiana nace en torno a la Cruz como un grito de protesta contra la injusticia existente en el mundo. En el dolor de Jesús está presente el dolor de todos aquellos que a lo largo de la historia de la humanidad han gritado contra la injusticia o han sufrido sus consecuencias, de todos los que han clamado por la liberación o han reclamado su derecho a la vida frente al Dios de la Vida. La comunidad cristiana es el eco permanente en nuestro mundo del dolor de Jesús, el inocente muerto por defender al Dios de la Vida. La existencia de la comunidad cristiana rompe una historia de injusticia y abre una nueva esperanza para la humanidad.

No hay mejor ejercicio para este Viernes Santo que dedicar un tiempo en silencio y tranquilidad a leer uno de los relatos de la Pasión de Jesús y dejar que lo que allí sucede nos llegue al corazón. Luego es tiempo para preguntarnos: ¿Qué hacemos para luchar contra la injusticia que nos rodea? ¿Nos sentimos solidarios con el dolor de los inocentes de nuestro mundo?

(Y la Palabra se hizo fiesta, Fernando Torres, cmf, Editorial Claretiana, 2006)

 

ORACIÓN

Cuántas veces, Señor Jesús, en las dificultades de la vida nos duele tu ausencia… Y me viene la imagen de María y del discípulo amado junto a la cruz, y la de la Magdalena esperando junto a la tumba, ahí, en el lugar donde la vida ha sido aparentemente negada. Cuántas veces, Señor, hemos dicho “Ya no puedo” … y hemos sentido al límite nuestras fuerzas y encorvadas nuestras espaldas. Y cuántas veces contemplamos que el cielo volvía a ser azul, que alzábamos la frente, que te hacías presente en lo inesperado…

Sean fuertes y esperen…

(Salmos para el camino, María Andrea Green, Editorial Claretiana, 2a ed., 2014)

 

GESTO

Buscá alguna cruz que tengas en casa. Ponela en algún lugar especial, donde puedas verla. Deja en manos del Señor (puede ser por escrito o simplemente en diálogo con Él) a todas las personas que te preocupan, que están sufriendo, que necesitan consuelo. También, los momentos y experiencias de tu vida que te pesan, que llevan tus fuerzas al límite. Dejalas allí, para que resuciten con Jesús.

Sean fuertes y esperen… la vida ha triunfado.

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El Evangelio y la Vida – Jueves Santo

 

Hoy, Jueves Santo, celebramos la Palabra en casa. Compartimos las citas de las lecturas y el texto del Evangelio, junto a una reflexión y oración de nuestros libros. Al final te proponemos un gesto concreto para realizar.

 

LECTURAS: Éx 12, 1-8. 11-14 | Sal 115, 12-13.15-16bc.17-18 | 1Cor 11, 23-26

EVANGELIO: Jn 13, 1-15

Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin. Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura. Cuando se acercó a Simón Pedro, este le dijo: ¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí? Jesús le respondió: No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás. No, le dijo Pedro, ¡tú jamás me lavarás los pies a mí! Jesús le respondió: Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte. Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza! Jesús le dijo: El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Ustedes también están limpios, aunque no todos. Él sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: No todos ustedes están limpios. Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: ¿comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes.

 

REFLEXIÓN

La Eucaristía, testimonio de amor

Hay un lugar donde los cristianos nos encontramos y experimentamos que somos de la misma familia, que la comunión no es una idea sin más, sino una realidad concreta, donde la promesa de un reino futuro de fraternidad se experimenta aquí y ahora. Ese lugar es la Eucaristía. Los siglos han visto como, de una manera o de otra, la Eucaristía ha sido y es el centro de la vida cristiana. Son muchas las dimensiones de este sacramento: fiesta de la unidad de la familia humana, presencia inigualable del misterio de Dios, recuerdo de su sacrificio, tiempo de compartir alrededor de la mesa común, oportunidad para escuchar la Palabra de Dios… La Eucaristía es todo eso y mucho más. Se parece al diamante que tiene muchas caras, todas llenas de brillo, de vida y de belleza. Todas nos dicen algo, nos llegan al corazón y nos hacen sentir que el Evangelio sigue valiendo la pena.

La celebración de hoy nos lleva a los orígenes de esa celebración. Jesús se despide de sus amigos. Son los pocos que lo han seguido hasta Jerusalén. Se reúne con ellos para cenar. Saben que la muerte de Jesús está cercana. Cada palabra y cada gesto suyos tienen un especial peso y significado. Jesús les explica el sentido de su vida, aquello por lo que ha luchado y aquello por lo que va a morir. Cuando lava los pies a cada uno de los discípulos, cuando comparte con ellos el pan y el vino, les está diciendo con sus gestos y sus palabras que su vida ha estado totalmente al servicio del Reino de Dios.

El Reino lo fue todo para Jesús. No se trataba de proclamar un nuevo imperio al estilo de los que conocemos, con su policía y su ejército. Eso no sería más que repetir la historia. Y ése no era el estilo de Jesús. Él vino a hablarnos de Dios, el Abbá, el Padre, que quiere reunir a sus hijos en torno a la mesa familiar. Eso significa romper con todo lo que es enemistad entre las personas y acabar con los poderes que oprimen y matan. Los poderosos de su tiempo no podían aguantar ese mensaje. Por eso lo querían matar.

Jesús lo sabía. Y sabía también que su muerte sería la condición para que ese Reino comenzase a florecer. Él, que había creído y proclamado al Dios de la Vida, sabía que tenía que morir para entrar en la Vida y para abrirnos a todos nosotros las puertas de ese Reino. Ya lo había dicho él mismo: Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto (Jn 12,24). Dejemos que el recuerdo de aquella Última Cena llegue hoy a nuestro corazón. Sólo así conoceremos de verdad lo que es el amor de Dios manifestado en Jesús.

De la Última Cena de Jesús a nuestras Eucaristías hay, naturalmente, mucha distancia, pero hay cosas que tienen que permanecer iguales: Nuestras Eucaristías, ¿nos ayudan a ser mejores y a servir más a los otros?

(Y la Palabra se hizo fiesta, Fernando Torres, cmf, Editorial Claretiana, 2006)

 

ORACIÓN

Por eso, en este día. (…) queremos poner en las manos sacerdotales del Señor, como una ofrenda santa, nuestra propia fragilidad, la fragilidad de nuestro pueblo, la fragilidad de la humanidad entera -sus desalientos, sus heridas, sus lutos- para que ofrecida por Él se convierta en Eucaristía, el alimento que fortalece nuestra esperanza y vuelve activa en la fe nuestra caridad.

(El verdadero poder es el servicio, Jorge Bergoglio -Papa Francisco-, Editorial Claretiana, 2da ed., 2013)

 

GESTO

La Última Cena fue un momento de encuentro y comunión. Te proponemos compartir algún momento especial a la mesa con los que tenés cerca (y no tanto). Puede ser la hora del mate, la cena o una sobremesa. Comunicate y charlá con tus seres queridos, preguntales cómo están o si necesitan algo, recuerden algún momento especial, una anécdota feliz… Sea con los que tenés al lado, o a través de un mensaje, llamada o video con los que no lo están.

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El Evangelio y la Vida – Domingo de Ramos

En Este Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, celebramos la Palabra en casa.

Compartimos los dos textos del Evangelio, que se utilizan para este día, junto a una reflexión y oración de nuestros libros. Al final te proponemos un gesto concreto para realizar.

LECTURAS
EN LA BENDICIÓN DE RAMOS: Mt. 21, 1-11

Cuando se acercaron a Jerusalén y llegaron a Betfagé, al monte de los Olivos, Jesús envió a dos discípulos, diciéndoles: Vayan al pueblo que está enfrente, e inmediatamente encontrarán un asna atada, junto con su cría. Desátenla y tráiganmelos. Y si alguien les dice algo, respondan: “El Señor los necesita y los va a devolver en seguida”. Esto sucedió para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta: Digan a la hija de Sión: Mira que tu rey viene hacia ti, humilde y montado sobre un asna, sobre la cría de un animal de carga. Los discípulos fueron e hicieron lo que Jesús les había mandado; trajeron el asna y su cría, pusieron sus mantos sobre ellos y Jesús se montó. Entonces la mayor parte de la gente comenzó a extender sus mantos sobre el camino, y otros cortaban ramas de los árboles y lo cubrían con ellas. La multitud que iba delante de Jesús y la que lo seguía gritaba: ¡Hosana al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosana en las alturas! Cuando entró en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió, y preguntaban: ¿Quién es este?”. Y la gente respondía: Es Jesús, el profeta de Nazaret en Galilea.

 

EN LA MISA: Is 50, 4-7 | Sal 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24 | Flp 2, 6-11
EVANGELIO: Mt 26, 3-5.14-27, 66 o bien más breve 27, 1-2. 11-54

Cuando amaneció, todos los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo deliberaron sobre la manera de hacer ejecutar a Jesús. Después de haberlo atado, lo llevaron ante Pilato, el gobernador, y se lo entregaron. Jesús compareció ante el gobernador, y este le preguntó: ¿Tú eres el rey de los judíos? El respondió: Tú lo dices. Al ser acusado por los sumos sacerdotes y los ancianos, no respondió nada. Pilato le dijo: ¿No oyes todo lo que declaran contra ti? Jesús no respondió a ninguna de sus preguntas, y esto dejó muy admirado al gobernador. En cada Fiesta, el gobernador acostumbraba a poner en libertad a un preso, a elección del pueblo. Había entonces uno famoso, llamado Barrabás. Pilato preguntó al pueblo que estaba reunido: ¿A quién quieren que ponga en libertad, a Barrabás o a Jesús, llamado el Mesías? Él sabía bien que lo habían entregado por envidia. Mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó decir: No te mezcles en el asunto de ese justo, porque hoy, por su causa, tuve un sueño que me hizo sufrir mucho. Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la multitud que pidiera la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Tomando de nuevo la palabra, el gobernador les preguntó: ¿A cuál de los dos quieren que ponga en libertad? Ellos respondieron: A Barrabás. Pilato continuó: ¿Y qué haré con Jesús, llamado el Mesías? Todos respondieron: ¡Que sea crucificado! El insistió: ¿Qué mal ha hecho? Pero ellos gritaban cada vez más fuerte: ¡Que sea crucificado! Al ver que no se llegaba a nada, sino que aumentaba el tumulto, Pilato hizo traer agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo: Yo soy inocente de esta sangre. Es asunto de ustedes. Y todo el pueblo respondió: Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos. Entonces, Pilato puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado. Los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron a toda la guardia alrededor de él. Entonces lo desvistieron y le pusieron un mano rojo. Luego tejieron una corona de espinas y la colocaron sobre su cabeza, pusieron una caña en su mano derecha y, doblando la rodilla delante de él, se burlaban, diciendo: Salud, rey de los judíos. Y escupiéndolo, le quitaron la caña y con ella le golpeaban la cabeza. Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron de nuevo sus vestiduras y lo llevaron a crucificar. Al salir, se encontraron con un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota, que significa lugar del Cráneo, le dieron de beber vino con hiel. Él lo probó, pero no quiso tomarlo. Después de crucificarlo, los soldados sortearon sus vestiduras y se las repartieron; y sentándose allí, se quedaron para custodiarlo. Colocaron sobre su cabeza una inscripción con el motivo de su condena: Este es Jesús, el rey de los judíos. Al mismo tiempo, fueron crucificados con él dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Los que pasaban, lo insultaban y, moviendo la cabeza, decían: Tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz! De la misma manera, los sumos sacerdotes, junto con los escribas y los ancianos, se burlaban, diciendo: ¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es rey de Israel: que baje ahora de la cruz y creeremos en él. Ha confiado en Dios; que él lo libre ahora si lo ama, ya que él dijo: Yo soy Hijo de Dios. También lo insultaban los ladrones crucificados con él. Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, las tinieblas cubrieron toda la región. Hacia las tres de la tarde, Jesús exclamó en alta voz: Elí, Elí, lemá sabactani, que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron: Está llamando a Elías. En seguida, uno de ellos corrió a tomar una esponja, la empapó en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña, le dio de beber. Pero los otros le decían: Espera, veamos si Elías viene a salvarlo. Entonces Jesús, clamando otra vez con voz potente, entregó su espíritu. Inmediatamente, el velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo, la tierra tembló, las rocas se partieron y las tumbas se abrieron. Muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que Jesús resucitó, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a mucha gente. El centurión y los hombres que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y todo lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: ¡Verdaderamente, este era el Hijo de Dios!

 

REFLEXION
La Pasión, palabra de aliento

Hoy leemos el relato de la pasión según san Mateo. Es un relato apasionante que va del anuncio al cumplimiento. Hay un punto central en el relato. Justo en el momento en que va a ser arrestado, Jesús proclama: Ha llegado la hora (Mt 26,45). A partir de ese momento, lo que en la primera parte del relato ha sido un anuncio se va cumpliendo poco a poco.

La primera parte es el relato de la Última Cena, momento en el que Jesús al bendecir el pan y el vino los refiere a sí mismo y a su propia entrega. Ellos son y serán para siempre el signo de la Nueva Alianza entre Dios y los hombres. Una nueva época está a punto de empezar, pero pasará necesariamente por la muerte de Jesús. En ese contexto, entendemos el anuncio de la traición de Judas y de las negaciones de Pedro. En ese contexto, en la soledad del Monte de los Olivos, compartimos el temor ante la muerte que experimenta Jesús.

En la segunda parte todo se cumple como si fuera un guión que los actores van actuando con fidelidad a la letra escrita. La traición de Judas se consuma con un beso. El valor inútil de Pedro, jugando a defender al Maestro con una espada, se confirma en sus tres negaciones. ¿Quién fue el mayor traidor? El canto del gallo será un recordatorio para Pedro de su propia debilidad. El juicio marca el definitivo enfrentamiento de Jesús con las autoridades religiosas de Israel. Ésa es la auténtica causa de su muerte. El que ha pasado su vida pública hablando de Dios Padre y haciendo el bien es condenado como blasfemo. De algún modo, la condena de Jesús es una apuesta frente a Dios. Jesús muere en nombre de Dios. Y los que lo condenan lo hacen también en nombre de Dios.

El relato culmina con la muerte de Jesús. Para llegar ahí, Jesús ha sido juzgado injustamente y ha sido torturado por los servidores del poder, que se aprovechan de su situación para abusar de los indefensos. Siempre el poder ha tenido lacayos a su servicio que le hacen el trabajo sucio. Nunca son los mismos los que condenan y los que torturan o clavan en la cruz o fusilan. A pesar de todo, Jesús muere creyendo en la esperanza. Las últimas palabras que el evangelista pone en su boca son el principio de un salmo (Sal 22). Es un texto en que el autor experimenta el dolor, el sufrimiento y el abandono de Dios en ese sufrimiento, pero al final proclama su esperanza en la fuerza y la gracia de Dios que salva y da vida a los que creen en Él. Sin duda, el evangelista quiso expresar de esa manera cuáles eran los sentimientos de Jesús en los últimos momentos de su vida terrena.

La celebración de la Semana Santa ha sido y es para los abatidos por la vida, por la cruz que siempre está presente en ella, una palabra de aliento. Dios está con nosotros y en nuestro mundo hay un lugar para la esperanza. Aunque hayamos celebrado muchas Semanas Santas, nos sigue haciendo falta hacer memoria de Jesús de Nazaret para no desesperar frente a un mundo donde la muerte, en todas sus formas, sigue estando presente. Por más que nos cueste verlo, el Dios de la Vida triunfa sobre la muerte. Ésa es nuestra fe.

(Y la Palabra se hizo fiesta, Fernando Torres, cmf, Editorial Claretiana, 2006)

 

ORACIÓN

Una y otra vez te descubro abrazando nuestros gritos desesperados en tu oración al Padre. Y otra vez te miro en la cruz, y en el silencio tu dolor me habla del amor más grande. Otra vez te contemplo abriendo el corazón. Otra vez… me quedo sin explicaciones ante el dolor de mis hermanos, pero con gestos que abracen su dolor y los convenza en el silencio que la cruz no tiene la última palabra.

(Salmos para el camino, María Andrea Green, Editorial Claretiana, 2013)

 

GESTO

Al colocar los ramitos de olivo en ese lugar especial de la casa donde lo ponemos cada año, pensemos en cada una de las personas que nos gustaría poder abrazar, tener cerca y poder compartir esta Semana Santa. Pongámoslas en manos de Jesús y tengámoslas siempre presentes en esos ramos que nos recuerdan, como exclamó el centurión, que ¡verdaderamente, este es el Hijo de Dios!

 

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El Evangelio y la Vida – Domingo V de Cuaresma

Hoy, quinto domingo de Cuaresma, en el que se nos invita a quedarnos en casa, compartimos con vos el Evangelio del día junto a una reflexión y oración de nuestros libros. Al final te proponemos un gesto concreto para realizar.

 

LECTURAS
Ez 37, 12-14 | Sal 129, 1-5-6c-8 | Rom 8, 8-11

 

EVANGELIO
Jn 11, 1-45

Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta. María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo. Las hermanas enviaron a decir a Jesús: Señor, el que tú amas, está enfermo. Al oír esto, Jesús dijo: Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella. Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que este se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba. Después dijo a sus discípulos: Volvamos a Judea. Los discípulos le dijeron: Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y quieres volver allá? Jesús les respondió: ¿Acaso no son doce las horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él. Después agregó: Nuestro amigo Lázaro duerme, pero yo voy a despertarlo. Sus discípulos le dijeron: Señor, si duerme, se curará. Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte. Entonces les dijo abiertamente: Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo. Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: Vayamos también nosotros a morir con él. Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días. Betania distaba de Jerusalén sólo unos tres kilómetros. Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano. Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Marta dio a Jesús: Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas. Jesús le dijo: Tu hermano resucitará. Marta le respondió: Sé que resucitará en la resurrección del último día. Jesús le dijo: Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto? Ella le respondió: Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo. Después fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: El Maestro está aquí y te llama. Al oír esto, ella se levantó rápidamente y fue a su encuentro. Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban en la casa consolando a María, al ver que esta se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí. María llegó adonde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado, preguntó: ¿Dónde lo pusieron? Le respondieron: Ven, Señor, y lo verás. Y Jesús lloró. Los judíos dijeron: ¡Cómo lo amaba! Pero algunos decían: Este que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podría impedir que Lázaro muriera? Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y dijo: Quiten la piedra. Marta, la hermana del difunto, le respondió: Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto. Jesús le dijo: ¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios? Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero le he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado. Después de decir esto, gritó con voz fuerte: ¡Lázaro, ven afuera! El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: Desátenlo para que pueda caminar. Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en Él.

 

REFLEXIÓN
De la vida-muerte a la vida-vida

La cuestión que hoy nos podemos plantear es la siguiente: ¿De qué se murió Lázaro? Si el domingo pasado, la lectura del evangelio nos hablaba del ciego de nacimiento y nos hacía pensar que el ciego no lo era sólo en el sentido físico sino que tampoco podía ver la verdad que es Jesús, hoy podemos pensar que la muerte que afecta a Lázaro es también algo diferente de la muerte física.

Lázaro, se dice al principio de la lectura, está enfermo. Pero, para Jesús, esa enfermedad no terminará en muerte sino que servirá para dar gloria a Dios. Ahí está la clave del mensaje de Jesús para nosotros: no estamos enfermos de muerte. O, mejor dicho, la muerte no es mortal de necesidad. Sobre todo cuando Jesús está por medio. Entonces se impone una fuerza mayor, una fuerza más fuerte que la muerte, una fuerza capaz de decir quiten la piedra a pesar del hedor del que lleva cuatro días enterrado, una fuerza capaz de gritar: Lázaro, ven afuera. Es la fuerza de Jesús, el que dice de sí mismo que es la resurrección y la vida.

Necesitamos leer con atención este relato y dejar que sus palabras, las de Jesús, nos lleguen al corazón. Porque sabemos que estamos enfermos de muerte. Somos muy conscientes de que el orgullo, la envidia, el deseo de independencia, el desprecio, y tantos otros virus afectan a nuestro ser y nos van matando poco a poco. Después de tantos años de ciencia e investigación, todavía no tenemos unas medicinas que curen de verdad esas enfermedades, que nos matan en vida. Terminamos viviendo una muerte-vida que no lleva a ningún lugar. Nos enroscamos en nosotros mismos y nos alejamos de quien es la fuente de la vida.

Jesús nos invita a salir de la cueva, de la fosa, en que nos hemos metido nosotros mismos. Nos invita a reconocer que no tenemos fuerzas para salir nosotros solos. Nos tiende la mano y nos saca a la luz –también dijo Yo soy la luz del mundo (Jn 12,1). Y aunque al principio no podemos caminar bien porque las vendas nos lo impiden, enseguida descubrimos, si nos atrevemos a salir, que él, Jesús, es el sol que más calienta, que da gusto estar a su lado, que es el pan que da la vida, que él es la vid y nosotros los sarmientos. Dicho de otra manera, que Jesús es la vida-vida, la vida-viva. Jesús realiza la antigua promesa de sacar al pueblo de sus sepulcros y de darnos una tierra donde vivir para siempre (primera lectura). En Jesús vivimos ya según el Espíritu. La fuerza del pecado que nos mata ya no puede nada contra nosotros. Jesús es el vencedor del pecado y de la muerte (segunda lectura).

¿Cuáles son mis enfermedades del espíritu? ¿En mi familia? ¿Con los amigos? ¿En el trabajo? ¿Creo de verdad que Jesús me llama del sepulcro y me da la vida? ¿Quiero salir del sepulcro o sólo es algo que digo con los labios pero no con el corazón?

(Y la Palabra se hizo fiesta, Fernando Torres, cmf, Editorial Claretiana, 2006)

 

ORACIÓN

Amado Jesús, quiero aprender a mirarte a ti, sin dejarme distraer por nada en la vida… Ni por las tormentas, ni por la calma. No quiero apartar mi mirada de tus ojos, ni en los momentos de desolación, ni tampoco en los de consolación. No quiero apartarme ni un milímetro de tu santa voluntad, ni cuando las cosas sean contrarias a mi querer, ni cuando todo sea como yo deseo. Que en todos momentos mi mirada descanse en ti, y que tú seas siempre la paz de mi corazón, tanto en medio de las tormentas, como también cuando todo sea serenidad y gozo. Amén.

(365 días de misericordia y perdón, Florentín Brusa, cmf, Editorial Claretiana, 2012)

 

GESTO

Te proponemos que, en los últimos días de esta Cuaresma que nos toca vivir de un modo muy especial, intentes evitar las palabras hirientes y los gestos de desprecio. Tratá con ternura a quienes pasan este tiempo con vos, valorá sus esfuerzos y dejá en manos del Señor todo aquello que te cueste superar.

 

 

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El Evangelio y la Vida – Domingo IV de Cuaresma

En este cuarto domingo de Cuaresma, en el que se nos invita a quedarnos en casa, compartimos con vos el Evangelio del día junto a una reflexión y oración de nuestros libros. Al final te proponemos un gesto concreto para realizar.

LECTURAS
1Sm 16, 1b. 5b-7. 10-13a | Sal 22, 1-6 | Ef 5, 8-14

 

EVANGELIO
Jn 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38 (versión breve)

Jesús, al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento. Escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole: Ve a lavarte a la piscina de Siloé, que significa Enviado. El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía. Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: ¿No es este el que se sentaba a pedir limosna? Unos opinaban: Es el mismo. No, respondían otros, es uno que se le parece.

Él decía: Soy realmente yo. El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver. Él les respondió: Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo. Algunos fariseos decían: Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado. Otros replicaban: ¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos? Y se produjo una división entre ellos. Entonces dijeron nuevamente al ciego: Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos? El hombre respondió: Es un profeta. Ellos le respondieron: Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones? Y lo echaron. Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: ¿Crees en el Hijo del hombre? El respondió: ¿Quién es, Señor, para que crea en él? Jesús le dijo: Tú lo has visto: es el que te está hablando. Entonces él exclamó: Creo, Señor, y se postró ante él.

 

REFLEXIÓN
De la confusión a la luz

El evangelio de hoy es una historia larga y preciosa. Da para hablar y comentar mucho: las actitudes de los diversos personajes, identificarnos con unos y con otros, etc. Pero nos vamos a centrar en la relación entre el ciego y Jesús. Si dejamos de lado todas las discusiones y diálogos posteriores al milagro, el relato del milagro en cuanto tal es muy breve. Jesús se acerca al ciego –no se dice que el ciego haya solicitado su curación, simplemente estaba allí y Jesús lo vio–, escupe en tierra, hace barro con la saliva, se lo unta en los ojos y le dice que se vaya a lavar. El ciego obedece y recobra la vista. Luego viene toda la discusión entre los conocidos, la familia, los fariseos y el ciego. Jesús prácticamente desaparece del relato. Hasta que al final se encuentra de nuevo con el ciego, expulsado de la sinagoga simplemente por contar lo que le había sucedido, y lo invita a creer en él.

Atención al método de curación. Jesús unta barro en los ojos del ciego. Es como si Jesús llevase al ciego a una mayor confusión todavía. En realidad el ciego vivía tranquilo y contento en su situación. No pide a Jesús que lo cure. Simplemente está allí cuando Jesús pasa. Podemos pensar que, si era ciego de nacimiento, no sentiría ninguna necesidad de ver. ¿Para qué? Su mundo había sido siempre oscuro. No conocía la luz. No sentía necesidad de ella. Quizá ni siquiera tenía conciencia de tener ojos.

Jesús le hace tomar conciencia de su realidad. El barro en los ojos le tuvo que doler al ciego. Le hizo sentir que tenía ojos. ¿No es verdad que el dolor en una parte del cuerpo nos hace sentir esa parte de una forma especial? Algo así le pasó al ciego. Luego vino la instrucción. “Ve a lavarte”. “¿Lavarme qué?”, pensaría el ciego. Pero fue y, al lavarse, descubrió por primera vez lo que era la vista. Descubrió el mundo. Se descubrió a sí mismo.

Su existencia tranquila se complicó muchísimo. De repente entró en conflicto con sus conocidos, con su mundo. Los fariseos lo terminaron expulsando de la sinagoga y sus mismos familiares no querían saber mucho de él. Al final, se encuentra con Jesús y, con su vista recién ganada, reconoce al salvador. “Creo, Señor”. Y se postró ante él.

A mitad de la Cuaresma, el evangelio nos dice que Jesús es la luz del mundo. Es nuestra luz. Nos hace ver la realidad de nuestra vida. Nos saca de la oscuridad en la que nos sentimos cómodos. Nos descubre lo que nos gustaría dejar oculto. Nos hace enfrentarnos con nuestra realidad. Se nos hacen transparentes nuestras actitudes miserables, egoístas, etc. Y nos desafía a dar una respuesta. ¿Quién se anima a abrir así los ojos?

¿Cuáles son las partes de nuestra vida, de nuestra familia, de nuestras relaciones, de nuestra sociedad, que preferimos dejar en la oscuridad y no mirarlas? ¿Queremos de verdad que Jesús nos abra los ojos? ¿En qué tendríamos que cambiar si nos decidimos a abrir los ojos? ¿Qué papel juega Jesús en nuestra vida? ¿Es de verdad nuestra luz?

(Y la Palabra se hizo fiesta, Fernando Torres, Editorial Claretiana, 2006)

 

ORACIÓN 

Amado Jesús, quiero aprender a mirarte a ti, sin dejarme distraer por nada en la vida… Ni por las tormentas, ni por la calma. No quiero apartar mi mirada de tus ojos, ni en los momentos de desolación, ni tampoco en los de consolación. No quiero apartarme ni un milímetro de tu santa voluntad, ni cuando las cosas sean contrarias a mi querer, ni cuando todo sea como yo deseo. Que en todos momentos mi mirada descanse en ti, y que tú seas siempre la paz de mi corazón, tanto en medio de las tormentas, como también cuando todo sea serenidad y gozo. Amén.

(Rosario para superar las tormentas de la vida, Gustavo Jamut, Editorial Claretiana, 2017)

 

GESTO

Te proponemos que en casa, con quienes te toque pasar este tiempo de espera e incertidumbre incluso virtualmente, busques siempre los rastros de la luz de Dios en su corazones, para cuidarse y sostenerse mutuamente.

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¡Muy pronto! Evangelio y Vida 2020, la Palabra comentada cada día

Un ejemplar del Evangelio y Vida 2020

Este año, Evangelio y Vida nos invita a encontrarnos con la presencia de María peregrina, mujer del sí valiente y madre de nuestros “sí” cotidianos y nuestras luchas diarias.  Ella permanece incondicional a nuestro lado, es abrazo sanador y mirada amorosa que nos anima. María sigue andando entre el pueblo, entre los preferidos de Dios. Camina solidaria y amorosa con los pobres del Magníficat, ese himno pascual que brota derramando profecía en la voz de esta joven preñada de vida nueva y redentora y nos habla del Reino de Justicia y de Paz.

 “María es la gran misionera, continuadora de la misión de su Hijo y formadora de misioneros. Ella, así como dio a luz al Salvador del mundo, trajo el Evangelio a nuestra América. En el acontecimiento guadalupano, presidió, junto al humilde Juan Diego, el Pentecostés que nos abrió a los dones del Espíritu. Desde entonces, son incontables las comunidades que han encontrado en ella la inspiración más cercana para aprender cómo ser discípulos y misioneros de Jesús. Con gozo, constatamos que se ha hecho parte del caminar de cada uno de nuestros pueblos, entrando profundamente en el tejido de su historia y acogiendo los rasgos más nobles y significativos de su gente. Las diversas advocaciones y los santuarios esparcidos a lo largo y ancho del Continente testimonian la presencia cercana de María a la gente y, al mismo tiempo, manifiestan la fe y la confianza que los devotos sienten por ella. Ella les pertenece y ellos la sienten como madre y hermana” (Aparecida, 269).

Encomendamos a María el caminar de este año, para que nos guíe, acompañe y sostenga. Que “su fidelidad y entrega a la palabra de Dios, su identificación con los pequeños, su adhesión a las opciones de su Hijo Jesús, su presencia servidora en la Iglesia naciente y, antes que nada, su servicio de Madre del Salvador” nos ayude a vivir nuestra fe con esperanza (José Antonio Pagola).

El pliego Color

“El canto del Magníficat muestra a María como mujer capaz de comprometerse con su realidad y de tener una voz profética ante ella”. María nos invita a seguir por la senda señalada en ese himno; al rezarlo, dejémonos seducir por “esta manera de ser y de vivir que fueron los de ella”. Por eso serán las palabras que abrirán este año y que nos acompañarán a lo largo del camino, para que podamos volver a ellas una y otra vez.

Las oraciones finales

Cada nación de nuestro continente latinoamericano y caribeño encomienda su pueblo a una advocación especial de María. En estas páginas recogemos fragmentos de las oraciones de Consagración de san Juan Pablo II a la Virgen María en cada país. Este Papa santo ha estado de visita numerosas veces en suelo latinoamericano. Siempre devoto de la santísima Virgen, solía consagrar cada país y sus habitantes a su Patrona celestial, o también dedicaba unas bellas palabras describiendo a nuestra Madre.

El autor de las meditaciones de Evangelio y Vida 2020

Mons. José Tolentino Calaça de Mendonça, nació en Madeira (Portugal) el 15 de diciembre de 1965. Fue ordenado sacerdote el 28 de julio de 1990. Es licenciado en Teología por la Universidad Católica Portuguesa en Lisboa; y en Ciencias Bíblicas por el Pontificio Instituto Bíblico en Roma. Además obtuvo un Doctorado en Teología Bíblica en la Universidad Católica Portuguesa de Lisboa en 2004.

Se desempeñó básicamente como docente en diferentes puestos, vicerrector de la Universidad Católica de Lisboa y consultor del Consejo Pontificio para la Cultura desde el año 2011.

Ha publicado numerosos volúmenes y artículos en ámbitos teológicos y exegéticos, así como varias obras poéticas, por lo que se ha ganado el apodo de “el poeta portugués”. Además de ser un colaborador habitual de la revista Vida Religiosa. Es considerado una de las voces más autorizadas de la cultura europea.

Predicó el retiro cuaresmal para la Curia Romana de febrero del 2018 cuyo tema fue:  “Alabanza de la sed” recibiendo el agradecimiento del Papa con estas palabras: “Gracias por recordarnos que la Iglesia no es una jaula para el Espíritu Santo, que el Espíritu también vuela y trabaja fuera”.

Fue nombrado Archivista y Bibliotecario de la Santa Iglesia Romana, elevándolo a la sede titular de Suava, con la dignidad de arzobispo. Asumió su nuevo cargo a partir del 1 de septiembre de 2018.

Recientemente fue creado cardenal por el papa Francisco y se configura como uno de los autores de espiritualidad más destacados en el panorama mundial.

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PERSONALIZA TU EVANGELIO Y VIDA 2018

Ya está disponible el Evangelio y Vida 2018, comentado por Mons. Víctor Manuel  Fernández, arzobispo rector de la Universidad Católica Argentina (UCA).

Por primera vez, en 18 años de ininterrumpida edición, los comentarios serán realizados por un teólogo y biblista argentino, que además, consideramos un importante referente espiritual por su iluminación en el mensaje cotidiano y de actualidad, de nuestro país el mundo y la Iglesia.

Víctor Manuel Fernández, además, es autor de numerosos libros de Teología y Espiritualidad entre las que se destacan, de esta misma casa editorial, “Los cinco minutos del Espíritu Santo” de un alcance singular y sorprendente entre lectores de diferentes países.

“Evangelio y Vida” nació con la perspectiva de ser un proyecto internacional de los Misioneros Claretianos, pensado para el hombre y la mujer de hoy; una pequeña reflexión de la Palabra como brújula y guía, en medio de las preocupaciones y ocupaciones cotidianas.

A través de todos estos años hemos trabajado para mejorar el producto. En el 2018, anexamos, un pequeño devocionario, en las cuales, siguiendo la sugerencia del propio Mons. Víctor Manuel Fernández, priorizamos las advocaciones patronas Latinoamericanas.

“Evangelio y Vida” además, ha contribuido significativamente a popularizado la lectio divina dominical, que, este año, y por explícito pedido de Mons. Fernández, se dejarán las acciones a criterio de quienes mediten la Palabra, sabiendo que cada cual vive inmerso en situaciones  ycontextos diferentes, en el diálogo íntimo con Aquel que nos ama entrañablemente.

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Desde Editorial Claretiana, tenemos el agrado de anunciar el próximo lanzamiento de Evangelio y Vida 2018, comentado por Mons. Víctor Manuel Fernández, arzobispo rector de la Universidad Católica Argentina (UCA).

Por primera vez, en 18 años de ininterrumpida edición, los comentarios serán realizados por un teólogo y biblista  argentino, que además, consideramos un importante referente espiritual por su iluminación en el mensaje cotidiano y de actualidad, de nuestro país el mundo y la Iglesia.

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Víctor Manuel Fernández Nació en Alcira (Córdoba/Argentina), en 1962. Estudió filosofía y teología en el Seminario Mayor de Córdoba, y completó sus estudios teológicos en la Facultad de Teología de la UCA (Bs. As.). Ordenado sacerdote en 1985, obtuvo la licenciatura en Teología con especialización bíblica por la Pontificia Universidad Gregoriana, Roma, en 1988. Finalmente, en 1990, obtuvo el doctorado en Teología en la Facultad de Teología de la UCA.

En la misma Facultad fue vicedecano desde 2002 hasta 2008 y decano desde julio de 2008 a diciembre de 2009. El 15 de diciembre de 2009 asumió el Rectorado de la Pontificia Universidad Católica Argentina y realizó el juramento correspondiente el 20 de mayo de 2011.

El día 13 de mayo de 2013 el papa Francisco lo nombra  Arzobispo Electo Titular de Tiburnia.

En nuestro sello editorial ha publicado Los Cinco Minutos del Espíritu Santo; Quince motivaciones para ser Misioneros, Bajos los ojos de María y Un minuto para volar.