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Cierre de sucursal de San Justo

Muy queridos amigos y clientes:

Los saludamos deseando que puedan transitar estos tiempos difíciles con la mirada llena de esperanza y de confianza en el Dios de la Vida.

Queremos comunicarles una decisión que ha sido muy difícil para todos nosotros, pero que realizamos después de un largo y profundo discernimiento. Estos últimos años, por diferentes motivos, realizamos un gran esfuerzo por permanecer cerca de ustedes, en esta Iglesia particular tan entrañablemente querida; pero, ante el contexto que nos apremia hemos decidido, finalmente, retirarnos de San Justo.

Nada nos ha dado tanta tristeza en estos últimos años como tener que dejar el local de Arieta 3045, que al inicio de los años ‘90 asumiéramos como una responsabilidad y un servicio de la mano amiga y fraterna de Mons. Rodolfo Bufano y Mons. Marcón y toda la Diócesis que nos recibía con cariño y entusiasmo. Era la primera sucursal que abríamos en aquel entonces y aquella memoria emotiva nos ayudó a insistir buscando un nuevo lugar donde permanecer para acompañar desde cerca a esta Iglesia particular que fue parte de la vida de muchos y muchas de quienes hacemos Claretiana.

Pero la realidad se impone a nuestros deseos, y aun resistiéndonos, tratamos de leer los signos que se nos presentan y que nos señalan, efectivamente, otro rumbo. Confiamos en que hemos cumplido un ciclo fecundo y nos alegra haber sido familia junto a ustedes. Nosotros nos llevamos como un tesoro todos estos años donde pudimos tejer lazos y experimentar el cariño de laicos, catequistas, sacerdotes, religiosas, religiosos… Mucho más que clientes, amigos con quienes hemos compartido un trecho de nuestra vida y nuestra historia y quienes sin ninguna duda han sabido darle identidad a nuestra tarea cotidiana, compartiendo el carisma claretiano y misionero en cada jornada.

Sepan que seguiremos atentos a sus necesidades desde nuestras sucursales (*) con la intención de seguir prestando nuestra colaboración en la tarea evangelizadora en San Justo, Laferrere y todo su entorno.

Los abrazamos en la ternura del corazón maternal de María.

 Editorial Claretiana
19/08/2020

(*)

En Morón:
Ntra. Sra. del Buen Viaje 950 (junto a la Catedral)
4489-5770  –  11 3681 5148  – e.mail:  moron@claretiana.org

En Lomas de Zamora:
Av. H. Yrigoyen 8833 (junto a la Catedral)
4392-0882  –  11 3953 9101  – e.mail:  lomas@claretiana.org

En C.A.B.A.
Rodríguez Peña 898 (junto a la Casa del Clero)
4812-3411  –  11 3946 3728  – e.mail:  centro@claretiana.org

En la WEB:

Claretiana

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Tenemos miedo, pero creemos

Destacada

Hacía tiempo que no me emocionaba tanto. Ayer viernes, de seis a siete de la tarde, tuvo lugar un momento de oración sobrecogedor. El escenario fue la plaza de san Pedro de Roma completamente vacía. Nunca la había visto así. Protegido por una plancha de metacrilato, estaba el icono de la Virgen Salus Populi Romani, venerado en la basílica de santa María la Mayor. A su lado, el Cristo Crucificado que se guarda en la iglesia de san Marcelo, en la Vía del Corso. Ambos tienen un profundo significado para los católicos de Roma y están asociados a la protección divina en tiempos de calamidades. Caía la tarde. Enormes braseros alimentaban llamas que parecían simbolizar a la humanidad dolorida e impetrante. La lluvia sacaba brillo a los adoquines de la plaza y resbalaba suavemente por el costado del Cristo, de manera que las gotas de agua se mezclaban con las gotas de sangre de la talla de madera. No había nadie sobre la explanada de la plaza.

Pasadas las seis, el papa Francisco, solo, vestido de blanco riguroso, sin paraguas, recorrió el corto trecho que media entre la basílica y el sitial cubierto que hay en medio de la explanada. El silencio era impresionante, solo roto a intervalos por el graznido de las gaviotas. Las cámaras de la RAI enfocaban el fondo de la plaza, donde se veían algunos policías y periodistas. Probablemente haya sido la primera vez en la historia que un papa celebra una vigilia de oración completamente solo y, al mismo tiempo, unido a toda la humanidad. La emoción subía por momentos. En compañía de mi comunidad, tuve la sensación de estar viviendo un momento único, irrepetible, histórico.

El texto elegido fue el de la tempestad calmada, según la versión de Marcos 4, 35-41. Se cantó en italiano. Después, el papa Francisco leyó con voz débil una impresionante meditación que se centró en estas palabras de Jesús: “¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?”Aplicando la imagen de la tempestad a la pandemia que nos aflige, el papa dijo:

“La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad. 

La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad. Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos”.

Era un examen de conciencia, un reconocimiento de la superficialidad con la que a menudo afrontamos el misterio de la existencia.

Papa Francisco

Vino luego la invitación al cambio, a la conversión. Transcribo un párrafo largo, pero lleno de contenido:

“Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección. No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás. Y podemos mirar a tantos compañeros de viaje que son ejemplares, pues, ante el miedo, han reaccionado dando la propia vida. Es la fuerza operante del Espíritu derramada y plasmada en valientes y generosas entregas. Es la vida del Espíritu capaz de rescatar, valorar y mostrar cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo.

Frente al sufrimiento, donde se mide el verdadero desarrollo de nuestros pueblos, descubrimos y experimentamos la oración sacerdotal de Jesús: «Que todos sean uno» (Jn 17,21). Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad. Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras”.

Papa Francisco

Tras un breve silencio, el papa Francisco veneró el icono de la Virgen mientras el coro cantaba la antífona mariana más antigua: Sub tuum praesidium. Luego besó el Crucifijo acompañado por la antífona de la cruz.

La segunda parte fue la exposición y adoración del Santísimo Sacramento, seguida de una hermosa súplica litánica agrupada en siete aclamaciones: Te adoramos, Señor; Creemos en ti, Señor; Líbranos, Señor; Sálvanos, Señor; Consuélanos, Señor; Danos tu Espíritu, Señor y Ábrenos a la esperanza, Señor.Mientras observaba las imágenes en la gran pantalla de nuestra sala de reuniones, pensaba en las personas que están siendo golpeadas por esta pandemia. Es como si sus rostros se fundieran con la hostia consagrada. La escenografía era impresionante: la plaza de san Pedro desierta y mojada y la basílica abierta de par en par, vacía e iluminada. En medio, un altar portátil con el Santísimo expuesto. Al final, el papa se giró hacia la plaza desierta e impartió con la custodia la bendición urbi et orbi (a la ciudad y al mundo).

Fueron sesenta minutos de una enorme belleza, sobrecogedora profundidad y emoción contenida. Terminé con el corazón pacificado después de una jornada que, como todos estos días, había estado repleta de altibajos emocionales. Es verdad que podemos tener la impresión de que, mientras se cierne sobre nosotros la tormenta del coronavirus, Jesús duerme plácidamente en la popa de esta barca de la humanidad “sin hacer nada”. Nos falta fe para creer que él vence la epidemia. Nos sobra miedo para dejar que la confianza sea el motor de nuestras vidas amenazadas. Por eso necesitábamos una oración como la de ayer.

Gonzalo Fernández, CMF. Roma, 28/03/2020

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Claretiana celebra y reflexiona junto a las mamás

Día de la madre

Ya en la antigua Grecia se celebraba el día de la madre. Y fueron distintos países a lo largo de la historia los que, por diferentes motivos y circunstancias, pusieron fechas especiales para rendir homenaje a quienes son protagonistas en el seno de cada familia.

En Argentina lo celebramos cada tercer domingo de octubre.

Para quienes somos creyentes, encontramos en la Virgen María el símbolo principal de la maternidad, por ser la madre de Jesús. Ella es el espejo más fiel para las mujeres que tienen el privilegio de haber traído hijos al mundo.

Pero también tenemos el ejemplo de la Iglesia como madre, ya que por el Bautismo somos engendrados en su seno y nos da a luz como hijos de Dios.

“Una madre que nos da vida en Cristo y que nos hace vivir con los demás como hermanos en la comunión del Espíritu Santo” (Papa Francisco).

En nuestra sociedad actual es difícil el buscar y ejercer la maternidad, entre varios motivos, por la situación económica, el rol de la mujer y los nuevos paradigmas que se nos presentan. Sin embargo, hay muchos “signos de los tiempos” que nos muestran que ser mamá es posible y es una alegría para tantas mujeres que aceptan este gran desafío y don necesario.

En Editorial Claretiana tenemos varios libros referidos al tema. Ponemos como ejemplo algunos a los que se puede acceder haciendo clic en el título: “Nueve Meses con María”; “De la espera a la esperanza”; “María la creyente”; “Mujeres de fe”; “Novena a nuestra Señora de la leche y el buen parto”. Junto a ellos, podemos encontrar tantos otros en las sucursales y en nuestra tienda virtual: www.claretiana.org

Que en este día de la madre podamos agradecer a Dios por el don de la vida, uniéndonos en oración por aquellas que están junto a Dios y por quienes están alejadas de sus hijos.