Evangelio del día y comentario – 10 de noviembre de 2019

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Lc 20, 27-38: Dios es Dios de vivos

32o Ordinario León Magno (461) Primera lectura: 2Mac 7, 1-2.9-14 El rey del universo nos resucitará Salmo responsorial: Sal 16, 1. 5-6. 8b.15 Segunda lectura: 2Tes 2, 16–3, 5 El Señor les dará fuerza para el bien

Se acercaron entonces unos saduceos, los que niegan la resurrección, y le preguntaron: 28Maestro, Moisés nos ordenó que si un hombre casado muere sin hijos, su hermano se case con la viuda, para dar descendencia al hermano difunto. 29Ahora bien, eran siete hermanos. El primero se casó y murió sin dejar hijos. 30Lo mismo el segundo 31y el tercero se casaron con ella; igual los siete, que murieron sin dejar hijos. 32Después murió la mujer. 33Cuando resuciten, ¿de quién será esposa la mujer? Porque los siete fueron maridos suyos. 34Jesús les respondió: Los que viven en este mundo toman marido o mujer. 35Pero los que sean dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no tomarán marido ni mujer 36porque ya no pueden morir y son como ángeles; y, habiendo resucitado, son hijos de Dios. 37Y que los muertos resucitan lo indica también Moisés, en lo de la zarza, cuando llama al Señor Dios de Abrahán y Dios de Isaac y Dios de Jacob. 38No es Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven.

Comentario

¿Qué pasa más allá de la muerte? ¿Es la tumba y la descomposición del cuerpo orgánico el fin del ser humano? En definitiva, ¿cuál es el final del ser humano? ¿Somos seres para la muerte, o seres para la vida? ¿La vida es un eterno retorno? ¿Mantenemos la esperanza en una vida nueva, trascedente, sobrenatural, resucitada? Bueno, esos y otros muchos son los interrogantes que se ha planteado y se sigue planteando el ser humano, tanto de las épocas antiguas como de la actualidad. La pregunta por el futuro de la humanidad ha generado múltiples respuestas, desde el escepticismo y el ateísmo hasta la creencia y la esperanza en una vida futura, mejor, superior. Vida y muerte, salvación o condenación, resurrección o reencarnación, esperanza o angustia, victoria o derrota.

También los Israelitas se planearon las mismas preguntas. Al comienzo pensaban que la muerte era bajar al sheol, al subsuelo donde dormían los difuntos por toda la eternidad. Luego se plantearon la posibilidad de la resurrección. Pero hay una nota especial al respecto. La resurrección, como lo leemos hoy en el texto de los Macabeos, es la paga de una vida justa, recta, correcta y fiel a Dios. Quien ha sido coherente participará de la vida plena, infinita, maravillosamente luminosa en comunión con Dios y con todos los justos de la historia. Los que han llevado una vida falsa, corrupta y violenta no podrán participar de la vida nueva, novedosa, y ese será su castigo.

Es el mismo tema que plantean los saduceos (que no creen en la resurrección) a Jesús. ¿Una mujer casada con siete hermanos de quien será esposa en el día de la resurrección? Jesús ubica el tema en el lugar justo, no cae en la trampa. La experiencia de la resurrección supera todas las coordenadas temporales, históricas, existenciales presentes. Es una realidad que se ubica más allá del tiempo y del espacio. Supera los límites de la razón, de la lógica y de la ciencia. Es una realidad rotundamente novedosa, inédita porque se entronca en el mundo de Dios que todo lo trasciende.

Ahora bien, la participación en esa dimensión trascendental y existencial es una gracia de Dios, un don que procede de su misericordia, que también exige una respuesta eficaz, positiva y comprometida por parte de la persona. Dios nos llama a una vida nueva que debemos comenzar a sembrar y cultivar cuidadosamente desde ya, desde el bautismo vivido a conciencia. Existe también la libertad y la posibilidad de rechazar radicalmente la propuesta salvífica, amorosa del Señor.

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